domingo, 25 de septiembre de 2011

Bitácora después de Panamá o "Los poemas que dejé encendidos en un aeropuerto"

Primera parte

La alegría no es el premio del amor

sino el amor mismo.

Y no se tiene derecho a esa alegría

a menos que se busque para todos.

José de Jesús Martínez


I

Esta mañana, durante el desayuno, le enseñé a Camilo los versos de Chuchú Martínez. Los leyó con urgencia y los aplaudió asombrado. Luego brillaba y sonreía frente a un café. Entregado a la novedad de un sentimiento, a su confesión que recibí contenta porque verlo amar a otra es asomarse a un bosque, lo miré con calma para conservarlo así en mi mente. Así, Camilo con mi maleta por la calle, encendiendo la mañana y el domingo que por lo regular es muy opaco. Así, a punto de levitar, de volver a salir con un prodigio cuyo nombre de mujer también nos parece literario.

II

Ayer por la noche, antes de abordar, comencé a escribir Los poemas que dejé encendidos en el aeropuerto. Pensé que tendría fuerzas para soltar la primera mitad del poemario en el avión, pero no fue posible. Tenía que dormir, que descansar de la belleza y sus resacas. Vi barcos, edificios envueltos en bruma y pequeñas tormentas contenidas. También escuché argumentos suficientes para seguir viviendo, pero no se lo dije a nadie. Me lo callé bailando como el vendaval que soy a veces. Argumentos o poemas, da lo mismo.

III

Me gusta colocar nombres dentro de los versos como quien va a comprar geranios para alegrar las ventanas. Eso es algo que hacen los poetas cuando quieren o cuando no tienen más remedio. Nombres y ritmo.

IV

Al texto de Álvaro le quité la puntuación. Me gustaría que se nos hiciera de noche en Valparaíso, que de pronto nos llegara un premio por haberle apostado a la vanguardia. Y eso que nos faltó hablar de muchas cosas. La antípoda que es, la antípoda que soy, se entienden.

V

También lo que me une a Lucy es Guatemala. Por eso hablamos de Astro Boy, de mi Payeras vuelto mito, de la ciudad del chocolate, los montes, las rosas en la plaza fría. Lo que me une a Lucy es también el rayo. Me gusta cuando hay relámpagos entre nosotras y ella vuelve a decir que escampa, que existe el otro modelo de la lluvia, que le fascina decir, “me desordeno, amor, me desordeno”, que tiene un hijo, una pasión que ya no entiende y un escudo.

VI

Magdalena y los dos Javieres son hermosos, alados. Hay profundas galerías en esas mentes, paisajes y metáforas insólitas como su talento. Más al fondo, donde el cariño que se profesan da esos frutos, más al fondo, son eternos. Ellos me dieron a Chuchú y una perla peregrina y una biblioteca que labro para no morirme en la distancia. Dios salve a la joven poesía panameña.

VII

Salvador y los escualos que me dejaron sin habla en un poema. Salvador y los duendes, las ratas, la península, las camisas chispeantes y su olor a efebo disfrazado de aeda, ¿lo volveré a ver?

VIII

Consuelo me mira como a un barco que se aleja hacia otro mar de veneno, a un muelle con miles de cadáveres que me persiguen. Consuelo lo sabe. Me dice que tenga preparada una maleta por si acaso. Entonces la miro como a un archipiélago vibrante, su palabra es quien conecta nuestras islas.

IX

Hay que venir acá, sólo acá para decirlo. No puede ser en otra orilla. Me cuesta de frente. Pasa el tiempo y no soy más sensata. No me calmo, no es posible. Sólo acá, por un momento, tomo aire y recuerdo que después de todo me salí con la mía. Yo quise esta soledad comunicable, este silencio para que vengan las voces y libros.

X

El taxista que me llevó a la terminal de autobuses me mostró la revista Proceso. En la portada hay más de una docena de ejecutados, muchos más. Luego me pregunta de dónde vengo y a dónde voy. No le respondo que de estar soñando con los ojos abiertos y que aquí ya no importa adonde vaya. A todos nos rodea la misma pesadilla.

XI

¿Y si sucedieran todos los milagros, todos juntos?

XII

Los poemas serán definitivos. Después de su escritura, de sus nubes en el avión triste y del perfume dulzón de la aeromoza, deberé caminar de otra manera, sonreír de otro modo cada vez que llegue a casa y nadie, absolutamente nadie, esté ahí para entenderlo.

2 comentarios:

Songo dijo...

Como escribí en algún otro lado, Alma Karla, que Panamá siempre sea para ti una casa que te espera, has dejado una estela de luz, y por ello, gracias.

Jorge Ampuero dijo...

Una poética certera
y degustable.

Saludos.