lunes 14 de febrero de 2011

Oro negro

I
Sigo escuchando la canción de las rosas que se queman
en este umbral del sol donde el recuerdo se va como la lluvia
en la hora de la hierba santa,
del monte que muere para que nazcan los venados
y pueda alguien venir a quemar nuevas espinas.

II

Sigo contando tu pulso dentro de la jaula.
Eres un tigre todavía.

III
Vienes a sumergir un ángelus en el patio de los nísperos,
a salpicar una memoria oscura con el sudor de la tierra
y entonces quieres volver a hablar del cielo.

IV
Arriba también escucho las voces de las muertas,
de tantas rosas a la orilla de un sueño,
de los pétalos que hace un año vimos caer en este purgatorio,
en la habitación de las jaulas donde crecen desmediamente los canarios.

V
Lo que llevabas en el pecho era una campana de oro sucio.

VI
Era tu voz susurrando para los años ciegos,
para los jardines donde sepultar las cosas y las cartas,
los viajes con bocas; las bocas con nubes
y ese camino de abrazos, de flores espurias,
de canciones robadas que el viento trajo.

VII
Escucha, los árboles y su perfume nocturno.
Escucha, el secreto agonizante del eucalipto.
Escucha, son las montañas en mi mente.

VIII
Es el cielo y sus relámpagos lo que viene a recordarme
esta conversación en la penumbra, esta floración marchita,
esta necesidad de convertirnos en las nubes.

IX
Así es, escucho la lluvia que no volverá del mismo barco.

X
Y me quedo con el oído en el corazón de otro poema.
Es la hora de la hierba santa,
es la hora azul donde muere tu sonido.