¿Quién tomó esa foto, Orwell, quién? Aparecemos salvajes, con el cabello sin peinar y toda la vida en aparente caos que vendría a ser, visto desde ahora, sólo un paseo ingenuo por esos años contaminados de música, sustancias, secretos y amores espurios. Yo creía que a golpe de palabras el tiempo cobraría sentido y que él iba a despertar buscándome. En ti creía, en tus emociones que no ordenabas más que bajo la luz de un poema en el departamento donde corría alcohol por recordar lo pasado. Éramos simples, no nos atrevíamos a matar a los niños que nos sostenían por dentro. Él lo intentaba, pero tú y yo le dábamos oxígeno con nuestros ademánes, nuestras citas, nuestro Heidegger, Orwell, y la niebla que celebré con ustedes hasta amaneció en el futuro y en esa correspondencia que no supe descifrar a tiempo. No puedo recordar, eso es todo, quién estaba ahí, en esa ciudad extranjera pero con puentes, tomándome la foto. Es importante, te lo digo, porque no reconocía la felicidad montando esa aventura, la de un encuentro con otros que soñaron lo mismo, que resistieron igual. Pero él hasta vestido como nosotros no quería quedarse en el círculo mágico de los artistas. Su aura era una puerta cerrada, un ahora es el momento de forzar la cerradura, entrar, llevarlo lejos. Sucedió al revés. Aprendí, te lo juro, a ser una adulta, a quemar una nave rumbo al delirio. Lo seguí a la realidad y entonces me quedó la nostalgia, el cabello corto, el vivir a cuentagotas y la entrega igual, dosificándose, luego de soltar el alma antes su ojos, luego de bajar los párpados en el aire cuando iba de regreso, Orwell, luego de llorar contigo, de que lloraras conmigo, en el corazón de un McDonald´s.
lunes, 24 de enero de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada