viernes, 24 de septiembre de 2010
atado el sol con tus dedos veloces y las letras que buscan bugambilias
a la una de la tarde, con lluvia.
Ya es demasiada tristeza sobre el polvo azul de la mañana.
Ya debe venir el rito,
la palabra quemándose igual que una bruja muy bella,
desnuda en el acto de fe de la rutina.
Un crimen cada hora,
un desfile de fantasmas lamiendo y enloqueciendo
con las esquirlas de la hoguera, cuanto somos.
Hay poca magia.
Dicen que las amapolas son cansadas gotas negras.
viernes, 17 de septiembre de 2010
Para Roca
Esa carta en el buzón del viento,
Juan Manuel, ha llegado a esta dirección sin nadie.
Las ventanas reflejan soledad en los sonámbulos
y otra nación, donde ahora caen en racimos las ciruelas,
mancha el mundo. Escribimos para una monja colonial, a veces,
o para alguien que morirá sin conocernos, siempre.
Escribimos para viajar con los ojos muy cerrados
a la hora de compartir el recuerdo de un cometa.
También hay arco iris en tus plazas
de este lado donde crecen los cachorros
y alguien más, muy tímido,
redacta rumbo a Gales su advertencia.
A mí también me gustan los caballos
que en el vientre traen esqueletos de palomas.
Tengo un padre que en otra vida debió montar potros insumisos
y siento, esa noche, que soy profundamente nadie
en medio del camino azul cobalto.
Vivo en un país que hiere ahí, sobre lo herido.
Acá nunca crecen las orquídeas.
Todos queremos lo mismo,
que comience a florear la jacaranda
aunque el huracán nos persiga
y ponga en nuestros ojos
un rocío extraño, hijo de la pólvora.
Queremos lluvia, sí,
pero de pétalos delicadamente lilas
que traen los ángeles del sueño.
Sin embargo, la floración demora
en este país donde la noche
ha renegado de sus trenes.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
en medio de este furor de bugambilias,
se derrite lo dibujado por el aire en la ribera.
Por ello alzas tu copa repitiéndote
como un espejo en contra de su espejo.
Nada de relámpagos, repites.
Nada de un trueno y las heridas
en esa nube que te trajo a esta barranca.
La lluvia oscurece lo que esperan los ojos
y un trago y otro, sólo uno más, te apacigua.
Sólo así el caballo de tu mente olvida sus cadenas.
Así cabalgas memorioso rumbo al vértigo.