A tierra mojada por la tarde con los sueños de algodón apenas en mi vientre.
A un charco y barquitos de papel con tinta de la imprenta de mi padre.
Al bilé de mi mamá antes de las ocho, a su cremoso beso y mi mejilla limpia.
Al chocolate en agua, oloroso, caliente,
y a la mantiquilla sobre el bolillo fresco que en el plato era una nube para mi boca.
A eso olía la infancia sin olvidar las flores de la iglesia que debía cortar
en nombre de la Virgen hasta que un día me llevé una a la boca
y comprendí a Rimbaud, la belleza es muy amarga.
II
El ventanal golpeando la puerta como si fuera alguien queriendo entrar en nuestra casa.
Alguien invisible que ponía bailar las hojas de lo árboles cantando sin aviso.
Recuerdo la voz de mi abuela, pesada, casi apagándose.
También los aguaceros de julio y los caballos furiosos de la fiesta del pueblo.
Las campanas antes de que naciera el día y las mujeres formaran un lecho de manzanas
para el Cristo Negro. Después pirotécnias, su color escandaloso.
Abrían un hueco de chispas en el firmamento y yo rezaba por un astro.
III
Ácida, salada y dulce. Ni un solo color se salvaba, ni uno solo.
Caramelos de todos sabores, pero más de tamarindo con limón misterioso en esa pulpa.
Luego tortillas y frijoles claros. De postre naranjas con sus pequeños capullos aún en las ramas del árbol que fue mi nave espacial y mi guarida. Bolas de oro que partí para sacarles el jugo. Con mucho chile en polvo, por supuesto.
IV
Vi papalotes cada domingo.
Flores a la usanza de lo que llamé “confetti natural” sobre mi pelo.
Peces rojos que me hablaban y libélulas que no voy a olvidar en el corredor de mi tía Puri. Arcoiris que me daban miedo. Nada podía ser tan hermoso e impume.
Nada podía aparecer con lluvia e irse, así, como si nada, cuando el viento se detenía.
Un león en el circo y a un payaso que por poco pierde entre sus fauces la cabeza.
Parvadas de golondrinas luego de las alas blancas de las mariposas.
Las flores del jardín de mi otra abuela, parecían, todas juntas, un cuadro de Van Gogh.
La verdad es que nunca vi un duente ni al fantasma del río,
pero cuando me iba a dormir me concentraba en la cruz de la recámara
para no verlo de nuevo en otra pesadilla.
Lo que más me gustaba ver era el cielo a solas.
V
Infancia húmeda. Agua todo el tiempo.
La de las albercas y las nubes bajando a tomar agua con lodo.
Eso me dijo mi padre una mañana.