martes 23 de noviembre de 2010

Leáse pensando en la balada de un café solitario

Vivíamos en una ciudad anfibia. No nos tomábamos las manos, pero sí las dudas, las palabras como personas con miedo de perderse, los silencios, pues. Eso nos dimos debajo de aquellas lluvias eternas cuando teníamos la edad de los desesperados. Él solía caminar por la Candelaria con libros interminables, con sueños leves antes hacerlos realidad y de vivir, en mi nombre, el regreso a España. Lo recuerdo merodeando mis versos y hablando de sus gerundios rebeldes junto a un whisky en la punta de sus ojos o frente a escritores que sí viajan por el mundo y observábamos con devoción disimulada. Fue mi amigo, pero también un lector y "alguien" que siempre sabía qué mensaje mandar en el momento indicado. Cuando cumplí 30, escampó y él juraba que por eso el cielo estaba limpio.
Todavía me impresiona la exactitud de sus correos por ese extraño lazo de un cariño que ahora, a distancia, crece como las vegetaciones con petálos del campo. Aún debemos concretar otros viajes, vivir las novelas que nos escriben y no al revés puesto que a la usanza de Claudio Magris, aún nos resta un café repetido en las plazas de la intimidad que recorremos gustosos por esas misteriosas rutas que son los secretos del alma.
Un día conocimos a dos muy similares a nosotros. El hombre joven explicaba su unión con una adorada y rubia cómplice bajo el concepto de las "amistades literarias". Entonces entendimos que contemplábamos un horizonte idéntico. Ahí descubrí que lo querría hiciera lo que hiciera, se alejara cuanto se alejara, es decir, sin importar que el tiempo fuera desdibujándolo en la cada vez más longeva amplitud de mi memoria.
Hoy ha escrito de nuevo. Quisiera decirle que ya no tengo una melena oscura, ahora sí no parezco colombiana. Algo de mí se ha extraviado y le toca en este momento a él traerme noticias de Alma Karla. Es verdad, ahí sigue ese libro, ese juramento inédito que persigue y quiere leer para recuperar mi vida muerta. Ahí están también los cuentos que por pudor no le he envíado con una delgadísima capa de polvo, como el sueño que nos unió porque hacía frío y éramos insolentes, arrogantes, pero leales y tiernos. No podía ser de otra manera porque llovía a todas horas y enfrentábamos la muerte, porque hacíamos renuncias suicidas en nombre de unas cuantas palabras brillantes. Teníamos la edad de los desesperados. Uno era toda la compañía del otro.

1 comentarios:

El emo gandalla dijo...

Excelente, creo que leeré dicho libro. Mnn noto que usted tiene un estilo de narrativa un tanto interesante, y puede escribir cosas más extensas. Sorprendente.