miércoles, 4 de agosto de 2010

Los corales tenían filo en esa postal viviente.
En tu abrazo de agua flotó el cielo ondulado
al mediodía de la sal en el aire
esciribiendo una carta para despedir a la tormenta.
De inmediato se despejo la ruta de los papolotes
y las palabras invisibles elevándose
cerca del oído donde nacía fugazmente
un dulce laberinto de azules,
de algas en los pies
y arena blanca para recibir la noche,
una nido de oropéndolas ausentes
que cantaron de súbito en tu pecho
porque los corales crecieron hasta el cuarto,
hasta la caricia jugosa
al filo de una demorada,
tan finalcomo el silencio
derramado al final de aquella muerte.