Hay quien puede ser infeliz todos los días.
Yo calculo la espesura del sol en el monte
gracias a una persona de lluvia.
El azar ha soltado otro arcoiris violento.
Hay alguien aquí, muchacha póstuma,
alguien con un relámpago en el ojo.
Allá es contigo
de súbito
sin comas.
"Tengo que volver para atravesar la neblina".
De lo contrario dirán que fracaso por culpa del tizne.
Si la muchacha lo viera, se iría a llorar al cuarto.
Pero las manos nadan. Son peces en el café donde espero.
¿Vendrá?
Le gusta la dicha como obligación espinosa
que con su sangre obtiene respuestas.
Y mi apuesta es la pregunta.
Si adivinara:
el sentido galopa por esta llanura con lagos.
Algo tiene que ver su corazón
porque fui el caballero que monta un latido.
Tal vez los versos nos brotan con maldiciones de espadas.
No reinamos más que sobre hormigas invisibles
en este plato de amor jugoso,
de pan en la memoria y un poco de ron con despedida.
"La muchacha te pierde".
Ah, la muchacha con cintura que tiene la edad de Cristo,
con su melena de vampira y el sexo hambriento.
La del lenguaje confuso.
La que llora con cuentos de Capote
y se sabe hembra cuando peligra.
Obsérvala,
cae con el peso de todos los narcisos
y la broma fantasmal de amanecerse.
"También olvídate de ese parque
a las seis de la mañana en Madrid".
La memoria nos enseña a ser desdichados.
Tengo más remembranzas que sueños Pessoa y Napoleón.
Soy la vieja con una rosa en el cuento de Faulkner
o la serpiente que se muerde completa
porque la cola le queda muy lejos.
Soy quien nunca celebrará un versículo
ni la altura de las velas de los barcos quemando la sal del aire.
En ocasiones el fuego no se ve,
es la brisa de esa pequeña muerte
que llevamos en las uñas,
en los dientes para interrogar el cuerpo a oscuras.
Lo digo porque no leerás estas líneas,
pero si sigues la cadencia del amor con que te llamo,
del trueno con sombras mojadas
y otro árbol amarillo en honor a tu impulso;
si estás leyéndome tal vez comprendas
y por fin pueda salir sin miedo del capullo
y ya no preguntes si estoy dejándote
con una maleta donde va tu ropa y la mía.
Cuando el papalote es un punto la tarde entra en celo.
Quiero verte, necesito esa dulce legión de besos en mi nuca.
Será que lo intuyes:
a las cinco se aleja la última garza
en el consejo de mi padre,
el caudillo,
el señor de las manos sucias y el rostro golpeado,
el amante de la cadena de errores que el universo lanza
para derrumbar mentiras donde copulan los lobos.
Mi padre.
La muchacha no lo quería porque en el nido había una oruga.
Nunca supo si floreció el odio o la calma cuando él se fue.
Años más tarde el portón triste y alterados los columpios.
Luego más confesiones y heridas de guerra que lames.
Ese acto no lo derrite el porvenir
ni el miedo con bibliotecas infectando la garganta.
Estamos leyendo la luz de lo que ocurre.
Esta tarde es todas las noches con balcón.
La muchacha ha vuelto, libre, abstemia,
a reclamar lo prometido.