miércoles, 11 de noviembre de 2009

Recordar la llama

Nos podemos quedar atados a los viajes o la idea de pasear cuando queremos irnos. También permanecemos amarrados a cierta canción si la tonada explora aquellos territorios que no logramos ver. Quedarse prendido a una memoria y sus sensaciones inflamadas, sea cuál sea argumento, es una ocupación delincuente. La pasión con que los seres humanos recuerdan es el origen de un delito que viola las normas de la serenidad. No hay justicia en la memoria, por más dulce que ésta brote. Al olvidar, sin sospecharlo, sobrevive el dejo acerbo del tiempo ido, el de la perdida con sus flecos abandonados por el aire como si la cabellera de infinitas alegrías quedara finalmente sin su centro.
Sin embargo, otros pueden pensar que sí es justo el recordar puesto que como la vivencia ya no se repite, de algún modo debemos retener esos minutos, darles cuerda con los mecanismos misteriosos de un poema, una carta, una conversación o, simplemente, el silencio agridulce de camino al trabajo, la escuela o el sueño. Ningún otro recorrido como el de quien se acomoda en la cama para dormir solo, es más afín a la memoria. Freud aseguró que recordar es olvidar como si el primer verbo de esta frase actuara a la manera de un catéter, como si el resultado de pensar sin tregua en algo o en alguien, nos dejara limpios.
Ayer leí esta confesión: "Bienaventurados los que olvidan porque ellos tendrán esperanza". No supe qué responder. Es un hecho que el desencanto parte de amarguras pretéritas, esos sinsabores inolvidables cuya cicatriz nos advierten de lo que podría pasar si repetimos nuestro proceder. Pero, ¿qué es el ser humano sino un animal que da vueltas sobre el mismo modo de nunca aprender a esperar la muerte? Los "no debería ser así" son buenas intenciones que como sabemos, no resultan disuasivas. Nos quedamos atados a ese perfume, esos ojos y esa voz en contra de la memoria que no existe mientras los sentidos registran la fragancia, el color de las pupilas y el timbre de las frases. Nos cuesta admitir que todo eso será, en breve, un conjunto de recuerdos. La verdad es que sí podemos saber por adelantado qué chispa del ahora, por la histórica magnitud que entraña, por el fuego de San Telmo que revierte, alimentará la hoguera de un recuerdo inagotable.