Una alumna acaba de citar a Leibniz. Leí con calma lo que ella quiso decirme en un largo correo. A costa de sus párrafos reflexiono ahora en relación a esa idea de que lo que pasa es siempre lo mejor. Eso, cuanto ocurre, está muy bien porque aquello pasa y punto. Sin embargo tanto optimismo a partir de los pies plantados en la tierra produce desconfianza. ¿En verdad toda fantasía es dolorosa?, ¿tendríamos que renunciar a las falsas ilusiones?, ¿de dónde nacerían los versos si optamos por esa actitud? Lo ignoro.
Sueño para escribir o al revés.
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Debería convertirme en un poeta que se asume sólo para despertar o no enfermarse. Pero en ocasiones escribo y lloro mucho. También me enojo y me muerdo la lengua. Así que termino con migraña por el llanto o con los labios sangrando en honor al corajito.
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Vuelvo con Leibniz, ¿tengo que optar?, ¿a favor o en contra de lo que pasa?
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Pessoa no gustaba de la realidad, de lo ocurrido.
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Otros muchos tampoco. De hecho imaginar e inventar es algo que también ocurre.
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Un poema es real y no lo es.
Un poema es real y no lo es.
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Toda palabra proviene de extraños materiales. No es solamente sonido, saliva, tinta o reflejo. Desconocemos el verdadero fondo del lenguaje.
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Nunca acabaremos de preguntarnos por el amor o la muerte. Jamás tendremos esas nociones dominadas. Suele ocurrir (nótese el verbo) que el lenguaje nos constriñe.
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Somos acertijos cuando amamos o bien, llamas efímeras. Nadie puede dialogar con nosotros una vez muertos. Rulfo lo logró, pero esa es otra historia.
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Otro alumno me citó. Tragué saliva. Cualquiera se pierde en un laberinto con espejos.
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