martes 28 de abril de 2009

Era la vida y tú con los ojos cerrados

Para Otoniel Guevara
Fue el poeta guerillero de El Salvador, el que cambia pistolas por cometas, quien me hablara por primera vez de Idea Vilariño. Leyó el poema "Ya no" y esos versos heridos quedaron flotando para siempre en esa misteriosa biblioteca que es el alma. Busqué sus libros. La leí a solas en aviones y autobuses, en ciudades a las que nunca pensé llegar, en playas color café con leche. Ahí iba yo con los poemas de la uruguaya de Honduras a Guate, después a México, Cuernavaca y al último Jojutla, tan caliente como San Pedro Sula, tan parecida por sus palmeras y gente sudada.
Los poemas de Valariño me retaron. Eran llaves diminutas que abrían una expresividad monstruosa, un dolor cuyas pocas palabras caían en el lago como gotas pequeñas capaces que cambiaban de color todos los ríos. Ponencia, verdad y música, un ritmo de agua que es decir llanto lúcido. Pero entonces no lo podía entender. Mucho menos me asombraba como hoy ante la inteligencia poética de Idea. Lo digo porque ha muerto y como hace algunos años viajo a sus textos. No escribiré mejor, pero sí leo con más tino, el suficiente para celebrar la síntesis de esta poeta y la obligación de recomendarla hoy más que nunca.
La verdad es que no me siento en deuda con ella. La he leído en los países donde he estado y todos mis alumnos de literatura latinoamericana saben su nombre. Se sorprenden de que alguien se llame Idea, pero después eso pasa a segundo plano cuando sus textos pequeñitos se encajan en el ambiente y acabamos sorprendidos de que alguien consiga expresar con precisión de escalpelo lo que es la pérdida. He ahí una de las virtudes de esta autora, sus dardos son directos e iluminan el círculo mágico que es la poesía. Por eso no puede morir. Es más, sigue eterna en sus versos. También potente, descarnada.