viernes, 31 de octubre de 2008

To-do

Todo se puede convertir en cuento, película, cuadro. Todo es música y revienta hasta doler como el color en un jardín a la una de la tarde. Todo huele a atole y a flor de muerto ahora. Todo se parece a la prisión de azúcar que lamo. Me gusta decir todo porque implica escapar sin decir nada. Qué bien se siente jugar a que no expreso porque todo, absolutamente todo, es suceptible de una historia.

jueves, 30 de octubre de 2008

...

Media semana y no he dormido lo suficiente. Mal día para cerrar los ojos. Sol, demasiado. Mañana es noche de brujas. Hoy el cielo brillará con parsimonia.

lunes, 27 de octubre de 2008

Matar recuerdo

El sol es una costra hechiza. Bebes Coca Light. Un trago, luego otro. Supuestamente no engorda, repites, sonrío. Casi se muere la botella. Sigo mirándote. Casi, casi, casi. Por eso más renglones rápidos, más poemas inconclusos, más de todo, hasta de no saber decir lo verdadero y eso que cuentas con los ojos. De repente lo que sigue:


Por imbesable es que te extraño y me suelto el cabello de mañana y te digo la verdad de los lunares; te la alcanzo porque nunca escribirás lo que pretendes. Es tuya esta verdad, te la envuelvo en mi caricia aunque todo duela por no tocarte como a un domingo feliz, como a un viaje que nos merecíamos: un VTP al silencio, a la playa donde los ríos cantan por nosotros y ya no me desperan los aviones a lo lejos con su rumor de despedida debajo de la almohada
cuando no podía viajar porque leí para pensarte
hace tanto tiempo,
cuando no cortaba así mi mala prosa,
mi mal amor en tantos sitios,
mi cañaveral sin sus serpientes.
No sé dibujar nada en un poema,
no sé besarte mientras pienso en bugambilias,
no sé quedarme contigo sin estarlo.
A ti te lo cuento, te lo canto si es urgente.

sábado, 25 de octubre de 2008

Un recado para Francisco Hernández

Mire, también soy quien no cumple sus promesas (me refiero a la de no volver a la primera persona). Sucede que estoy releyendo su segunda antología personal, que es decir soñando, y sonrío en cada página. Agréguele a esta alegría el deseo de escribirle, de volverlo a ver. Pero no en Coyoacán, sino en un pueblo de poemas. Oírlo y atraparlo porque se ha quedado aquí con sus imágenes, porque después de reconocerlo desde la esperanza triste, el mundo busca de nuevo sus aromas:
PÁGINA EN TU NOMBRE
Tu nombre se puede morder como manzana.
Huele a mango de Manila y a naranja china.
Me deja la lengua morada al igual que el chagalopolin y la
escobilla.
Lo trituro y respiro yerbabuena.
Al separarlo estalla una granada.
Crece a la altura de la flor de caña, es la enredadera que
sube por la cerca o se extiende a ras de patio, perseguidor
de coralillos, sandías y verdolagas.
Si lo agito, escucho el agua que lo llena.
Si se lo doy al loco de la casa, volará a la punta del cerro
y lo hará flauta.
Para librarme de la oscuridad lo conservo en un frasco.
Con la luz que despide se ilumina esta página.

viernes, 24 de octubre de 2008

Lo que sueñas

Un libro intenso, del que nadie haya hablado. Una historia que no se parezca a ninguna, que no abuse de la inconformidad que implica vivir, ser sólo uno. Un libro con o sin vagina, con o sin amantes, con o sin vicios cuya bruma nos alejan de la vejez. Un libro que haga magia y queme muros; que impulse y acaricie. Un libro propio como aquel cuarto, de nadie más, para ti sola.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Otros enigmas

¿Por qué estará tan cansada?, ¿por los poemas, las canciones, el sol?, ¿dónde termina cada vértigo? ¿Es la misma de hace un mes, la que olvida y recuerda?, ¿por qué le nace en la frente tanto sueño?

Brillos

Como besar flores de hielo,
como esconder la bruma para abusar de una palabra,
así reacciona el horizonte.
En otro mundo nieva y hay formas de quererte
que emperlando un cuerpo el tiempo prohíbe.

Dejémosle este roce de miradas al otoño,
este contacto que se marcha y permanece
en un segundo de hierba.
Separemos el deseo de las tardes
con resplandor albino.
Hagamos un acla de la noche.

Del hielo sabes todo porque el mar es la tentación de irnos dejando.
Todo lo sabes acerca de las corolas en el refri.
El placer se abre en una casa ajena.
Así de forastero es el espacio, así de fragil con su abrigo roto.

Dejémosle este enigma a la distancia,
esta grieta sin final a un día plomizo.

Poeta de aeropuerto

Todas las nubes llevan a ninguna parte,
pero iremos y crecerá un lazo con escarcha
o la luz que siempre brilla cuando se cierra la maleta,
cuando se escucha el latido cardinal del viaje
y lo que sobra es nube en el bolsillo
como humo rojo de otro sueño.

Allá arriba la infancia está cumpliéndose,
allá con el infinito y el avión somos la víscera,
el escondite de ese vuelo porque la familia fue la espina,
el dolor más caliente de la tierra
que dio con el parque donde enterrar
a solas otra lágrima.

La libertad es el espejismo de las nubes.
El poeta las dibuja sin abrir los ojos;
la poeta las dobla en un papel con viento.
El poeta duerme suspendido;
la poeta pide café y otra ventana.

¿Dónde queda Ninguna Parte?
¿Es la república donde el jardín comienza
y no hay más cielo que se agote,
más color ensangrentado?

Si volver es prolongar las dudas,
si quedarse es saber morir de una vez y para siempre,
la tristeza del artista
es un aullido que se esconde en aeropuertos.

Nadie nos lleva.
Nos trae la sucesión, la misma escarcha.

martes, 21 de octubre de 2008

Ayuno

Adiós a la primera persona, ya da asco. En un mes nada de "yo", nadita.

lunes, 20 de octubre de 2008

Fumar el humo mientras todo pasa

Yo era un pibe triste y encantado
de Beatles, Caña Legui y maravillas,
los libros, las canciones y los pianos,
el cine, las traiciones los enigmas,
mi padre, la cerveza, las pastillas,
los misterios, el whisky malo,
los óleos, el amor, los escenarios,
el hambre, el frío, el crimen, el dinero
y mis 10 tías me hicieron este hombre enreverado.
Fito Páez
Más inmune que el ayer es una sombra.
Hablo desde el centro de la herida,
desde aquella soledad y los rasguños.
Sé que he bebido del dolor en cada niebla,
que no debí volverme a mirar la sal del lago
cuando había que dorar la tarde
colocando en el amor aros de fuego.
La costra duele. Palpitaba.
Ahora la ruina.
He vuelto leña lo importante
y estoy al norte del abismo con mis pies gitanos.
Es culpa de los óleos,
de tanto whisky con los muertos.
No quiero volver sangrar como de niña.
Los árboles me echaron de su mundo.
No había República ya entonces.
Entiendes, lo sé de cierto, esto que afirmo.

domingo, 19 de octubre de 2008

Por ahí había un mural

Escuchaba la misma canción hasta aturdirse. Hablaba sin parar y yo aguantaba por lo que podría venir después. Le llamaban "La Musa" porque los músicos ejecutaban maravillosamente junto a ella, los pintores se encerraban a dibujar y los escritores le enviaban libros en busca de su amor y visto bueno. Yo no soy artista. Cubro todo lo que pasa en el centro del Distrito Federal. Paseo por esas calles, hablo con la gente y luego escribo la información. Llevo diez años en este negocio y cada vez se ensucia más, pero como ella dijo cuando no era ni la mitad de hermosa que ya es: "Tu padre te heredó el cariño por el Centro Histórico. Por ti, ahí te enterraban".
Recuerdo la noche en que me calló con un beso. Estábamos borrachos, pero no por la cerveza de los universitarios sino por esa rara combinación de camadería y deseo que no he vuelto a encontrar. Habíamos escuchado mis canciones muchas veces. Alejandra quería saberlas de memoria como quien insiste en reclamar una pensión. Creo que desde entonces sospechaba que no la iba a volver a ver o que pasarían más de diez años antes de compartir la copa. Que me buscó es cierto. Pero la evadí con un "te hablo en la semana". No imaginé que esa locuaz muchacha se atrevería a buscarme. Creo que nunca le quedó claro que prefería renunciar a su corazón de condominio que sufrir como toda esa larga fila de bufones con ínfulas de genios.
Eso me disgustaba, su insaciable búsqueda de aventuras inútiles, su inestabilidad marcada por el desperdicio de tanto potencial y carisma. En diez años había vivido en cuatro países y alternaba los regresos con amores desdichados. El tipo en cuestión siempre era más malo que el último. Pero eso sí, llamaba siempre y yo inventaba cualquier pretexto para no volverla a ver. Pero hace poco se me apersonó en el trabajo y la mujer que encontré ya no era la jovencita fachosa de la universidad. Encontré a un mujerón elegante, delgada y sonriente. "Mira nada más, esta ha sido la semana más larga de nuestra historia, creo que es viernes y no voy a esperar hasta el domingo, por eso vine". Me reí. Hasta que pronunció el último día de la semana estuve seguro de que era Ale. Le rogué que me esperará en un bar enfrente del periódico. Cuando llegué ya se había bebido tres martinis de manzana. Quería un cigarro y le conté que ya no fumo. Soltó una carcajada de época y un no lo puedo creer porque según sus palabras, primero se enamoró del humo y después de mis dedos amarillos.
Así que hablamos de todo lo que evoluciona y lo que no. Sus ojos, por ejemplo; mi desconfianza por no decir bastante. Pero ahí estábamos. Descubrí que seguía gustándome escucharla. Cuando compruebo que puede de reírse de sí misma, me duele un poco el pecho. No le he dicho lo de mi enfermedad, de estos pulmones destrozados. "Ah, con que sigues teniendo esa mirada color cerveza que las vuelve locas", dijo antes de beber lentamente el énesimo martini. "Y tú, a decir verdad, estás más secuestrable que nunca", regresé el cumplido. Volvimos a reír. Inevitablemente le recordé los besos que nos dábamos en la esquina de Juárez y Balderas. De que me moría de ganas de encerrarnos en el hotel San Francisco. Ella se puso nerviosa y cito, como entonces, a Pound: "Queda claro que no todos vivimos el mismo tiempo". Después bajó la mirada y mecionó con timidez que entonces era virgen e histérica y yo impaciente, muy intenso. Quería seguir hablando, pero tosí un poco y luego más. Alejandra creyó que por los cacahuates. Cuando me tranquilicé su cuerpo me estrechaba. Olía al mismo perfume que recordé todos los años. Luego nuestros besos en la oscuridad grumosa de aquel bar. Su lengua reconoció la mía. Amanecí con la garganta seca en un cuarto del hotel que a los 26 años propuse. Se había ido. En el buró dejó una nota: "Ya no nos debemos nada". Tosí de nuevo.

sábado, 18 de octubre de 2008

Dos vestidos

Mi mamá observa a la mujer dormida del paisaje. Las aves negras en el cañaveral siguen cantando. El movimiento de esa parvada nos confunde en un latido bajo el cielo que se va.
Mi madre dice que le duele la columna. Ya no es la mujer de la risa al interior del nido. Ahora le afecta lo que pasó en el aguacero y el silencio punzocortante al que me doy.
El carro avanza. Ella va al mando.
El cempasúchitl espera calor de veladora.
Los montes no amanecen sin la lumbre de la abuela.
Nos agota el pasado como jade, la leyenda de aquella mujer que ensucia el viento. Duerme con la milpa enana, en la seca, la hora de rezar por el futuro y nuestra soledad de azúcar, de volcanes eternos y dolor mensual.
Ella es la madre. Yo tan sólo hija.

viernes, 17 de octubre de 2008

De nuevo el canto del insomnio

Antes de romperse en pedazos de alba,
algo brilló en tu escalofrío
y miré derramarse en la vigilia
una promesa de diluvio en miniatura.

Lloraste a golpe de jardines.
Antes ya era de mañana, pero el silencio recobró barro nocturno
donde enterrar un árbol muerto de peligro
y abrazar otras raíces con el ojo
que para ti era el padre que se iba; para mí el perdón,
su tren de auroras, y esta soberbia caja de la luz.

Antes habría sido posible.
La laguna no era un trozo de hielo,
en el camino no había huellas de amor opaco
y el cielo no dolía a lontananza, tan de noche, así.

jueves, 16 de octubre de 2008

Recuerdas cientos de ventanas

Algunas atajaron la tarde;
otras eran nido para aviones.
Ventanas con nariz y lluvia,
de cabellos largos y algodón a lo lejos;
de espera rota y noche
donde la luz descansó
recuperando, inevitablemente,
el mismo rostro.
Dime si puedes consagrar
tu vida a esa ventana
o darle un apellido a todas
las que no puedes olvidar
mirando esta última,
la que esconde hebras de aire,
la que es tuya y mía
porque abandona su verdad violeta
para amanecer blanca de engaño.

Cabeza de venado

Sabe que le faltó decir mucho, mucho más, sobre su novela. Le habría gustado ir a un café de nuevo y hablarle bajito. Contarle que prefiere Hambre que Pan de Hamsun. Beber, claro, un trago tras otro para mirar mejor lo que se esconde. Daría, tal vez, dos años de amores felices a cambio de la luna y su conversación donde gravitan las cartas a Milena. Luego la verdad: se había equivocado de escritor, tuvo que haberlo hecho con él y no con otro durante aquellos días en San Pedro Sula.
Pero vuelve lo que para bien o para mal debe vivirse. Lina lo supo desde que lo escuchó en un bar de sexta repitiendo el nombre de Bolaño que salió a flote como un cadáver. A los dos les dolía el apellido y ella disimuló que entiende todo, que se puede caer con una sonrisa falsa desde lo alto de una pasión que mata el tiempo. Entiende, repito, así que detectó la huella de otra mujer en los ojos que la miraban. Quince minutos más tarde pidió la cuenta, apuró el vodka y se fue a dormir escuchando sólo la música de sus tacones. Eso fue todo, pensaba. Pero él también la descubrió y la entendía.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Cielo abajo

Para llorar basta con ir arrancando flores azules del camino. Dicen que son muy especiales, ayudan a cerrar heridas y te ponen a bailar sin zapatos mientras todo duerme. No me consta. Aquí es octubre y el presente se transforma en carta que no termino de escribir. Es muy parecida a esa página que guardaste y leímos llorando. Por eso las flores y las vueltas de una casa a otra. Aquí es noviembre y diciembre con un cuento de Capote. Aquí el tiempo va mezclándose y da lo mismo. Todo quema. Todo es el corazón de una campana neurótica. No creo en dioses y la Biblia no me interesa ni como mero ejercicio intertextual. Me gustan, simplemente, las flores azules del camino.

Su herencia

Lanzaban bombas de gas desde los helicópteros y sólo podía pensar en ti, en que nos vimos el otro día y me contaste que tu papá y tu abuelo siempre habían luchado defendiendo a Xoxocotla. Te ponías rojo de coraje mientras hablabas y te besé y besé para que se te olvidara. No tuvimos tiempo de quitarnos la ropa porque no estábamos de humor y querías regresarte con los demás a la carretera. Yo tenía que trabajar en la mañana en el negocio de mi mamá. Temprano sonaban bien fuerte las campanas de la iglesia y corrí hasta donde estaba el plantón para buscarte porque hasta cuetes estaban soltando. Mi madre me gritó intentando detenerme. Regresé para calmarla y decirle llorando que no me tardaba, que iba a buscarte. No le quedó más que dejarme ir porque mis hermanos chiquitos salieron de la casa. No te encontré entre el humo y el ardor de mis ojos. Habían más de mil granaderos. Perdí un zapato zafándome de uno y corrí a esconderme en el changarro de Doña Pancha. De milagro no me jalaron de la trenza como a Lety y a Rosa. Se las llevaron cuatro azules a no sé dónde. Yo sólo pensaba en ti, en lo que me dijiste el otro día.

Lagunas

Preguntó qué me daba miedo de niña y quise escapar como lo hago siempre del abrazo y de ese sitio, de otro momento azul a la inversa porque no se haría de noche. Por eso intenté alejarme. No lo logré. Aquello no era La Habana ni el estudio de un hombre a quien lo último que le importó era saber cuántos complejos no podía olvidar entre sus piernas. Aquello era un campo minado de verdad, un caldo de cultivo de versos y escondites. No obstante le mentí y comencé con las historias. Le conté que mis primos hablaban con los duendes y que juraba poder verlos. Le dije que fui gorda, pero que veinte años más tarde había estado en Fez donde al hombre que me acompañaba le ofrecían varios camellos a cambio de mí. No sé si le gustó saberme con alma de patito feo, pero no tardó en liberar su propia mitopeya: los fantasmas, los ojos cerrados para no ver monstruos en las calles y el deseo agudo de volverse invisible.
Aquella fue una niñez donde leía de todo, como quien esto recuerda robándose los tomos de Mafalda del vecino. Estaban dedicados por la novia quien dibujaba el punto de la "i" con forma de corazón. A los nueve el detalle ya me molestaba mucho. Yo quería que él me llevara a la esquina oscura del barrio, que a mí me atragantara con su lengua, que se largara al billar más sucio a beber mientras se suponía que estaba tomando clase de historia en el bachillerato y que ahí, bebiendo sin parar, intentara calmar las ganas de llamarme. Pero yo no tenía ni diez años y la novia padecía cólicos menstruales a los que no se acostumbraba. Lo sabía porque los escuché hablar en el patio con alberca donde iba a nadar con el menor de la familia. Ella no podía meterse aquella vez y mi vecino estaba seco. El cólico era tan fuerte que la joven se fue a casa en busca de un té. No era día de billar, así que Leo se animó a remojarse con nosotros. Como se aburría, terminamos hablando de Mafalda.
Fue la primera vez que me miró y por eso caminé en sus ojos de bosque con hojas amarillas. Con el paso de los años seguiríamos juntos. No importó que se fuera a estudiar lejos porque nuestra correspondencia era constante. Regresó un diciembre cuando yo acaba de cumplir catorce. Terminé mirando las estrellas rojas y las luces de un barco en la laguna de la región mientras me besaba, primero con los ojos, y luego con el mundo entero que temblaba por su boca que sabía a brandy y mi cabello perfumado con el humo de una cajetilla que nos fumábamos entre los dos. Hablábamos mucho. No quería ser administrador de empresas. Iba a un taller de creación literaria. Escribió "El cuento de tus ojos" con el que se ganó un concurso en el diario local. Le regalaron un lote de novelas y poemarios que me entregó como quien le comparte a un cómplice trozos de aventura. "No lo sabes, pero eres bien poeta". Tenía razón, llevaba años llenando cuadernos diciendo de cuántas maneras lo extrañaba. No fue esa noche que me acarició como queríamos.
Amanecía en el último cuarto de la casa donde habían tapado la alberca. Leo y yo llevábamos dos horas tratando de no hacer ruido aunque llorábamos de felicidad debajo de la colcha. Me mordía cada vez que regresábamos a viajar por el bosque de sus ojos que negaba porque para él, todo era culpa era de los míos como en ese cuento con una poeta de once años.

****

Ya es mucha vida que contar.

J.

Siempre me miraba acariciándose el mentón, preparando café o abriendo las persianas que daban a los cerros. Rodeado de libros y tabaco; de una pipa rota y mis bufandas, tardó en darse cuenta que era feliz hasta sentirse incómodo.
Yo era su paciente, luego no sé qué. Una mañana dijo que nuestra conversación se parecía mucho a la de los personajes de El bosque de la noche. Busqué el libro, pero no encontré su diálogo en ninguna página. Él era así, tangencial. Se le iba el tiempo citando novelas que debía leer y repitiendo que nunca se había equivocado apostándole a joven escritor. Jorge Franco fue uno de sus talleristas. Socorro Venegas le acababa de mandar el libro de su padre por e-mail. Cuando llegaba a ese tema, jugaba a no escucharlo. La verdad es que pensaba en Gerardo de la Cruz diciendo que Bernardo Ruiz sólo le apostaba a caballos negros. ¿Colombia un hipódromo? No sé. Me ponía muy nerviosa oírlo hablar de promesas literarias.
Pasaron muchos meses y preferí escapar. Nuestras citas a media semana se alargaban hasta la cena y yo había llegado a la hora del almuerzo con Juan Manuel Roca en un restaurante hermoso. Luego el tinto y la lluvia. Al último la noche y el taxi que me llevaba al cuarto donde dormía. Por eso, por la densidad del paraíso que era aquella interlocución, me le fui yendo como arena en la mirada. Fue la última persona que abracé en ese país donde el viento ya había hecho lo suyo. No supe despedirme. Ahora sueño con escribir la historia donde él me entrega un libro recuperando aquellos miércoles.

De un nuevo mail

El problema es que no escribes. La bronca es, sustancialmente, que siempre alguien te distrae, que un jalón de días iluminados te marea. Mientras no plasmes todas esos cuentos, todas esas historias pudriéndose en lo que alguna vez fue realidad y ahora tiene cara de sueño; mientras sigas jugando a esconderte, ningún viaje se dará por cuenta propia. Y no me digas que tienes miedo o vergüenza. No aceptaré, como un lector más de todos esos que te siguen y se masturban pensándote, que hay mucha niebla en tu corazón confuso. Tú lo que llevas en el pecho es un puño de metal con hongos.

martes, 14 de octubre de 2008

Casa de fieras

Si es cierto que el poema es la única huella que deja el homicida,
si es verdad que se podemos morir en cualquier verso,
no hay, tiene razón Hernández,
mayor crimen perfecto que esta pantalla en blanco.

Elle

Pues sí, ahí están los dos guapos, los dos andaluces, en un video donde les peinan el alma y se las enredan. Entonces alguien, de este lado del peligro (me está gustando la frase) corre a buscar un poema famoso que se convierte en pretexto y en semilla, germen de un libro o más bien, una piedra solar con serpientes y corazones sangrando que habrá que describir ahora. Eso es, pariremos un diálogo entre la canción y aquel poema. Y es que ahí siguen, preciosos, Alejandro Sanz y David Bisbal mientras Octavio joven, con sus ojos de cielo arrebatado, piensa en todas y ninguna, en la misma de siempre, ella.

¿Quién es el autor?

...y por todos los siglos de los siglos
cierra el paso al futuro un par de ojos

lunes, 13 de octubre de 2008

Acabo de imaginar margaritas en maceta

E insisto, esto no es un diario ni una pipa ni un deseo.

***

Mañana, cuando me enamore, que nadie acerque ningún poema de Lizalde, Celan ni Cernuda.

Un té de tila

Primer traguito
Odio el insomnio y esta noche no podré dormir. Algo me falta.
Segundo sorbo
Cuando me da hipo quiero pellizcarme, pero no me atrevo.
Tercer trago
Cuando la cama es grande y líquida porque sueño que caigo al mar desde lo alto como el cadáver de alguien perseguido; cuando la cama crece, me levanto y vengo aquí a contemplar otras diez playas.
Cuarto
No soy capaz de pelearme con los lunes.
Quinto
A mí no me arrulla ningún libro, al contrario.
Sexto trago
Y lo que es peor es un poema con alma de samurai, ¿que cómo es eso? Imaginen.
Séptimo y otra taza
Proust y la parioflexia.
Octavo y primer trago
Me voy a emborrachar con el sueño que no vuelve. Odio y maldigo todas y cada una de estas noches idénticas al fantasma de mi insomnio.

Notas para soñar con libros y trenes que no paran

El tren es una bestia para el inmigrante, pero un juguete en el corazón del niño.
El tren caía sobre todas sus ruedas cuando más triste estaba Blaise y comparaba su melancolía con el acordeón del diablo.
¿El ferrocarril o el vuelo?, más bien las ganas moviéndose debajo del vestido de una soldadera.
El tren con alas insivibles en las imágenes de todos los artistas cenando mole de guajolote y balas en polvo.
El tren que alguien tomó en Cuba para llegar a Matanzas y regresar con su sexo humedecido.
El tren de Madrid a Lyon con el Mediterráneo mostrando lo mejor de sí y la estación donde un niña andaba en bicicleta y una mujer lloraba su última memoria que es decir el Hotel Soledad de un Premio Nobel. Esa mujer sigue desnuda en un cuadro con precio y cierto tren de plata en el escritorio de un señor que vende novelas.
El tren de Turquía.
La locomotora con apaches y las flechas que nunca lo alcanzaron.
El maquinón de acero que transportaba tigres antes de dormir.
El tren donde ya no había lugar para un judío.
Las vías calientes.
La India con sus dioses y lotos en el tren, el paraíso de las piojos.
El ferrocarril de un cuento con truchas arco iris y bosques, a lo Hemingway.
El tren de un corazón que es un orgasmo, otro viaje tierra adento.

**

Sigue sonando esa canción de fondo y el deseo desciende con la lluvia y el aroma a no lo vuelvo a hacer, no lo vuelvo a hacer con esta llamarada en esta vida.
Pero los caballos del deseo enrojecen y la aurora regresa con su ejército. El delito se repite y la felicidad es más violenta que el jardín a la primera hora del mundo.
Sigue sonando esa canción de fondo para ensanchar el paraíso, para volverlo a hacer con este cuerpo, este lenguaje y mi melena en esta vida.

Adenda

Siempre hay mañanas para oler a corazón mojado
y navegar por el tedio en nuevos ojos
y encontrar un ancla en el camino rumbo a nadie.

También hay alfabetos de otras noches
como golpes de vírgenes siniestras
que dictan la verdad de nuestro odio
porque la luna no se agota,
no existe el fondo del amante
por más semen derramado.

Y eso que siempre hay un mañana
donde cerrar la voz como una herida
cuando dejamos para después hasta el peligro
y el mundo se hunde
gracias al dolor de nuestros ojos.

Un corazón mojado bebe de las flores hasta octubre.
Por sí mismo no cabe en la aventura.
Siempre hay mañanas y la muerte
con su graciosa red cazando mariposas
nos persigue.

Aquí

Que nos toque el amor hasta perdernos
mientras amanece a cuentagotas
si la luz ablanda tus espinas,
si la carne del relámpago
es un beso al infinito.


Que la dicha invidente nos amarre.
Que venga la bandada y el conjuro
para volver a ver lo misterioso:
su promesa de horizonte y nubes libres
con alas siempre oscuras.


Que nos toquen como el mar
tiñe de nada lo que duele
con oración de espuma consolándonos.
La nada o el amor que nadie esquiva
cuando sopla de este lado del peligro.

sábado, 11 de octubre de 2008

Ogigia

Soltar es deshacer la trenza que durante nueve noches oprimió al marinero cuando navegaba pensando en Marco Polo. Nueve inviernos con sus árboles de adiós en cada calle antes de llegar al muelle y mirar, como probando antes de morir, la brisa del paisaje azul/violeta/rojo para dialogar al alba.
*
Amanece sin asideros, como si la vida se entregara a un túnel claro.
*
Soltar es esconder las faldas de Calypso en el desván de las cosas sin noviembres ni diarios donde incubar medusas.
*
La ostra tiene un perla gris que devuelvo. No se lo digo a nadie.
*
Soltar es como aprender a sonreír después de dejarte tocar por domadores y presos inocentes.
*
Voy soltando la cáscara de la última joven que fui como fruta sola en el manzano seco dejándose engañar por la luna en un país caliente.
*
Arriba del triciclo, mareándome entre abejas y caballitos del diablo, ya soltaba lo mejor de este silencio y el aire comenzó a brillar con la dimantina del reino de lo que negaba. Era alérgica al polen y las historias de tilcuates que hipnotizaban a control remoto. Por eso mis manos escribían y siguieron el borde otros besos más allá de las parcelas con aves blancas y pantanos.
*
Hay quien viene cayendo desde el útero y quienes se sueltan a cientos de pies de altura sin ser llamados por la fuerza de gravedad de una pasión con cicatrices de ancla.
*
No retengo porque también me gusta ver todo ese llanto de sal que azulea las córneas del que vuelve.
*
No retengo porque prefiero estar a solas con un jugo de naranja mientras pienso en tréboles y apuestas. También en la derrota total, este castillo donde bordo lo que lees soñando con otro mar para tu vida.
*
No retengo porque perdí todo lo que me dieron de mujer. No me quedo porque lo busco y encontrándolo, me crece el cabello y el valor como tormenta verde.
*
Y un relámpago tiene que irse.
Y la ventana es la de siempre con huellas de jazmines enamorados de la noche. Me entristecen.
Y sé que no soportamos una taza de día sin dormir con otras lluvias, sin afirmar con un puñado de libélulas cuánto sopor, cuánto deseo de soledad dorándose en la infancia.
*
Pero observa, esta es la inundación donde te suelto.
Esta mi pulsera de hilos de muerte tejida.
Este mi cuento sin capitán,
idea que lame la costa de un poema delirante.

*

El café sigue enfriándose con un rayo de noche lánguida.

Teoría de conjuntos

Hay quien escribe poesía para no pensar, sino para sentir sin viaje de regreso. Uno quiere deshacerse de eso que es urgente expresar. Entonces encontrarse ya sin lo que "duele" equivale a olvidar. El poema es una purga a veces amarga y al mismo tiempo se transforma en bella medicina. Otras veces, dirán, es sólo misterio. También.
Si pensamos en la poesía como la matemática o la química, todo se reduce a problemas o enlaces que requieren ser completados. El poeta resuelve, aunque en ocasiones escribiendo tope con otras preguntas. Idealmente el poema debería ser el lugar de las respuestas y todo aquello que empuja al autor son situaciones donde hay que encontrar fórmulas, despejes.
Otra verdad es que la poesía puede vestirse de grandes preguntas. Nadie sabe en realidad desde qué parte de sí acomete un verso y muchos menos para qué ni las consecuencias de sus imágenes. Como en las matemáticas, quizá los números son tan sólo cifras.

jueves, 9 de octubre de 2008

El premio

Le dieron en Nobel a un francés enamorado de México, los viajes y las palabras que siempre reviven lo mejor de los sentidos: Jean-Marie Le Clézio. Desde ahora dan ganas de ir acomprar sus libros. No sólo porque consiguió la fama desde muy joven, a los 23 años ya era famoso por su peculiar forma de escribir, sino porque todo lo que se ha dicho de él resulta misterioso, sensual y en las fotos donde aparece encontramos a un hombre que demuestra reconciliaciones con la vida. Con razón ha expresado que la escritura calma.

lunes, 6 de octubre de 2008

A ningún lado

Han caído varios minutos desde aquí,
desde estos ojos que intentan darle miel a la mañana.
Pero no es posible arrancarle un poco de alegría
a lo que nunca fue un milagro
o la sorpresa del amor que vuelve.
Este retorno es un reloj de lumbre
y marca los segundos con cautela.
Se hace más de día en tu mirada,
en los ojos que duelen porque ven
un puñado de aves habitando este cuaderno.
Escribo.
Escribes y el mundo es menos agónico
y se colman las zanjas donde resisten otras flores amarillas,
tantas otras flotando en confesiones para dios,
para esa idea donde ya no entro,
ese palpar la plenitud mirando
la copa y la ternura de los árboles.

Escribes, aseguro,
y aquellas zanjas de barro bautismal
manchan de misterio lo violeta que hay en mí.
Entonces el aire tiene cuerpo y olor de vida,
pero no lo reconozco.
Algo muere cuando escribes
y los minutos se enredan
y nadie puede romper su corazón con un nudo de cobre
ni arrancarle dicha a lo que nunca fue de oro
ni quemar el agua que olvidamos con la carne en paz
en paisajes tibios y montes púrpuras cuando amanece,
paisajes de tiempo sin cadena por la noche,
paisaje con el signo del ahora en nuestros dedos
y la maravilla azul poblando carreteras
con petálos de soledad en polvo.

Volviste.
Recojo los minutos desde aquí.

domingo, 5 de octubre de 2008

Luis Rosales

Por deslumbrante arranca lágrimas. Por eso es, desde ahora, uno de mis poetas favoritos. Corran a buscar Diario de una resurrección, poemario con que a este granadino le dieron el Premio Cervantes.

En la Rosario Castellanos

*Verónica Volkow no me reconoció. Mirábamos libros en la Condesa. Nos cruzamos dos veces y nada. He cambiado mucho desde los veinte años.

*Tampoco la periodista que me ayudó a permanecer en Madrid cuando terminó el verano, dio conmigo. También ella bebía café en ese lugar.

*Luego Blanca Guerra me sonrió antes de ir a pagar una torre de novelas.

*Casi tres horas leyendo los libros más caros y llevándome los económicos.

*Terminé una novelita de Italo Svevo, el último de Sherer y un poemario de Elizabeth Bishop.

*Había olvidado que puedo ser feliz de esa manera; que soy privilegiada por ser dueña de mi tiempo y porque nadie, absolutamente nadie, estaba ahí suplicando que me apresurara o preguntándome si estaba segura de gastar tanto en poemas.

viernes, 3 de octubre de 2008

Cicatriz preciosa

Hago a un lado esta computadora, pero atrae lo que queda de mí como si fuera polvo de metal limado.

Que la pesadez se vaya lejos con cara de amante dañino y sus ojos danzando con mi llama interna. Todo es danza, ni hablar, hasta el amor en un cuarto cerrado al mundo, sin respiración, sin porvenir de cuatro patas o dos con la luna en virgo.

Pienso en la nada, en Borges bebiendo de la botella de un detective. Me duele ese oficio. Descubro que el nombre de cierto escritor ya no puedo pronunciarlo. Descubro que no solucionaré ningún enigma. Por ahora no consigo pensar ideoestéticamente.

Debo cambiar de vida. Una joven nais relata que tenía 3 trabajos en Madrid. Luego viajó hasta cansarse. Después aprendió a quedarse en México. Debo cambiar de cuerpo, de platillo favorito, de música y colores.

Retomar el valor de la vagabunda y la lectora. De la mexicana de maletas rotas, de la que no tenía nada que perder. Se gana a través de la desgracia, siempre.

Porque duele este trago de cerveza que me da la vida. Porque duele la primera luna de octubre con su amarillo perfecto en mis ojos llorando a solas.

Un poema, no este disfraz de profesora que cumple. Un poema, no el sueño con sed y la tristeza pegándose en las cosas con rectitud de polvo.

Ahora que he aprendido a soltar y olvidar, ahora que lo consigo: que ya sé cómo comienza la novela y dejo ir a los malos versos, a la posesión, al engaño; justo ahora la tarde es un hombre que llega y se va y me lleva; justo ahora mi padre es otra vez la causa de mi exilio.

Pero no soy esta mujer que escribe sino una treintona inventada por algún cuarentón latinoamericano, un periodista pobre, alcohólico, que se juega la vida escribiendo sin motivaciones la novela de este trajinar.

No olvidaré a Johann ni a Germán ni a Juan Manuel ni a Jaime. No puedo deshacerme de la mirada de Jorge. Si pudiera, volvería a caminar con mis manos frías donde aprendí a convencer al viento de que se fuera a violar el mundo en otra dirección.

Demasiada enseñanza. Cicatrices hermosas.

Por eso hago a un lado la sangre y el miedo. Voy alejando con la duda y el perfume de una casa extraña el temor de este destino. Nací para esto, para dejar, recuperar, abandonar, reponer, olvidar.

Y no, ya no hay tormentas. Es el ocaso solamente.