lunes, 29 de septiembre de 2008
Todos los árboles
un beso que no llega crece
como la hierba del muro del que hablamos ayer
con el instante y su olor a "llévate el miedo de mis ojos".
Lo que de verdad quise decirte
era una colonia de lirios sin líneas,
el llanto de una niña en bicicleta,
la soledad en el columpio blanco
y mi papá a pocos kilómetros herido.
Él, que se iba como tú persiguiendo amaneceres,
preguntándole al minuto qué hacer con lo silbante,
con la vuelta del deseo o la primera estrella de la duda;
qué hacer para olvidar lo que nos niegan,
con la miseria del pasado y las jacarandas taciturnas;
adónde ir porque el amor nos aniquila
y toda pregunta es una nostalgia.
De cualquier manera late con lentitud el mundo
y ya no importo más que la sangre oscurenciendo
la cara de aquel hombre que leyó poesía
para el cerro azul de los cañaverales.
Ya no importo.
La vanidad no es herradura
ni la intuición del destino nos redime.
Algo termina pensando en mi padre,
algo que nos dejó afilando un sollozo
a la orilla del vacío que muere.
Pensando en ti algo le es devuelto a la cigarra.
Nueva balada del insomne
cuando más solos y más niños encallamos en la aurora.
Pensabas en el mar, cómo alejarlo,
aún con este corazón de mariposa ensangrentada
visitando la verdad de nuestra cárcel.
Pero inverna la noche, no renuncia,
nos derrota al mediodía.
La humedad de un paso repite que no he cambiado de vestido,
que dibujo el contorno de un jazmín en la palma de mi mano,
en la línea central que habla de amor
y ceniza sobre la escarcha de este sueño
de madrugada, otra vez,
salvando instantes con sabor a que esperabas
sin coleccionar insectos todavía,
sin un inverosímil limonero dando piedras de colores.
La bugambilia es invariablemente púrpura
y el calor del aire celebra al remolino.
En tanto duermes y cierro los ojos ante la libélula escarlata,
el baile del helecho y los árboles que quieres
como al tejido de la lluvia.
Eres tú el que funda un beso con blues en tarde tibia.
Este poema sueña con veleros
martes, 23 de septiembre de 2008
Posesión por pérdida
lunes, 22 de septiembre de 2008
Aislado instante sin futuro
si leo con ojos blandos
de tanto mirar lo merecido:
las distancias de cuerpos que se acercan;
el día roto en un país de mudos.
No hay lenguajes para el cielo
sólo un paso silente en las ciudades.
Puedo entender a las palomas,
a vagabundos buscando lo mismo:
el talismán para seguir comiendo
o una moneda que olvidaron.
Me le escondo al adiós,
diseño la frase inmerecida
en un café si llueve afuera,
si tengo que cuidar mi bolsa;
si quieren seguir bebiendo
y ya no hay vino.
Dejo que me lean la mano, el agua sucia,
los caracoles en mis piernas,
la mirada tibia, la única que tengo,
y la espalda si me doy cuando amanece.
Todo le cuento a los segundos, a esta duda,
al constante abrir la nuez de otro poema,
al aire del sube y baja de los viajes
porque aprendo a despertar en julio.
Si tan sólo la memoria fuera un bosque,
dejaría de escribir cavando mi escondite,
pero nunca iba a borrar la niebla,
ni el color de un beso dulce.
Yo quiero que el adiós a mí me quiera
durmiendo con él toda la vida.
domingo, 21 de septiembre de 2008
Alejar la lluvia
Aquí nadie enterrará un cuchillo
en la inquietud donde me oyes.
Con hojas húmedas de verte,
el instante vuela en el columpio.
Tréboles de aquí a la lluvia
por su nostalgia del granizo
si vuelve a remojarnos con palabras
la flor abierta de tu vida.
También yo quise nubes en mis manos.
No hay luz en mi amor por la tormenta;
pero podría cantar para la lluvia
o escuchar cómo nace otra caricia.
Tréboles mueren de soslayo.
Camino entre las aves de este paraíso.
Me miras sin saber del amuleto
para lloverte cuando escampa.
sábado, 20 de septiembre de 2008
Misterios totales
jueves, 18 de septiembre de 2008
Para alborotar mi casa
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Nocturnos
En la noche jugábamos con besos a que ya no besaríamos.
En la muerte de la noche el polen nos hizo estornudar.
Para la vida arrancamos un capullo de septiembre
y algo dolió como mentira que el tiempo repite.
Amaneció y otros murieron.
Nos rodeaba la luz, su brama dulce.
Mi boca mordía un collar caliente y el vestido sedoso por la luna.
Me le escapaba a la memoria,
al milagro que dijeron soy porque me rondan las luciérnagas.
Habíamos visto crisantemos en lo alto,
el ritmo de la pólvora y las llagas del silencio.
Habíamos reído para olvidar una metáfora.
Ya era la aurora con su poder de ave,
también el día de las constelaciones
y el alfabeto de verdad en los poemas.
Mis ojos dieron con un mapa de melancolías,
por ello recordé la balada del futuro.
Después los gallos cantando como siempre
la letra de la infancia donde renace lo perdido.
martes, 16 de septiembre de 2008
Anginas
Mi corazón se apagaba con la luz de los relámpagos.
No sabía escuchar al viento ni caminar pueblos sin nombre.
Mi padre habló de la niebla y señaló las nubes.
Querían comerse la copa del ciruelo,
devorar el paisaje silencioso:
la autopista y mi madre sin sus labios,
mi hermana aburrida de tanto mar escupiendo conchas rotas.
Soportábamos una vacación con la garganta enferma.
Le tenía miedo a la altura de los trampolines.
Alguien tenía que tomar mi mano,
ayudarme a saltar, a olvidarme de la herida
en el sol de cada lunes.
Desde entonces he callado lo importante.
Salgo a los patios a regar mis dudas,
a darle pan a la estación más sola.
Hace calor si el duende llega.
Así que me escondo con el miedo
a reconocer este horizonte todavía.
lunes, 15 de septiembre de 2008
En prisión (coda)
sábado, 13 de septiembre de 2008
Genovevas
Lee para olvidar y aprobar una materia. Luego su artículo. Más tarde el cine.
Él juega a que nunca volverá a escribir.
Ella nació ese día hace treinta años. Tiene dos kilos menos y un sobretodo verde oscuro. Compra cuatro libros. El café caliente, en taza blanca. La temperatura por los suelos. La culpa es del ventanal y las hortensias. También de dos montes con neblina.
El hombre tenía una amante madura y dos de su edad. Pero siempre acababa escondiéndose en las bilbliotecas.
Ella no se decide entre el postre con queso o la tartaleta de manzana. Dentro de un año va a echar de menos el perfume de las donas con miel de maple que hornean ahí. Periódicos. Otro libro excéntrico.
Él estudia un nuevo caso, pero en realidad se fuga. Piensa en la novela extraña que comenzó a leer. Mañana viajará de un país pequeño a otro diminuto.
Ella, que ya no tiene veintinueve, pide otro café para variar. Pero lo que cambia es la lluvia. Más gruesa, más ruidosa. Igual que ayer. Idéntica a dentro de seis meses cuándo se siente en el mismo sillón a leer y reír al mismo tiempo.
El libro avanza barroco, destellante, pendular.
El hombre olvida a otra mujer de piel oscura. Nubes, sobrecargos, cerveza fina.
La que lee ya no es la que escribe. Es la que soñará mientras degusta donas y helados. Lectora, siempre lectora.
Él tiene que apagar el móvil para que nadie lo moleste en un librería a la que volvió para ya no jugar a ser lo que su padre le prohíbe.
El libro sigue en lo suyo: piratas, planetas, brujas y mares, reencarnaciones.
Él pidió café y galletas de chocolate. A la mesera le falla el tacón y el líquido tostado ensucia el sobretodo. Ella sólo alcanza a decir "tranquila, no fue nada". Él se acerca. Se disculpa con la mujer del helado de coco. Sonríe. Descubre que leían, desde hace un rato, el mismo libro: La tejedora de coronas.