La encontré mirando como Emma Zunz las astromelias que Alberto le compró. Olía a yuppie antes de las ocho: afeitada impecable y loción costosa. Mi amigo de la infancia acababa de irse. Yo también tuve el mal tino de ir por margaritas, rosas y orquídeas para ella que seguía mirando extrañamente los pétalos del primer arreglo floral. Aquel era un cuarto de señora elegante con posters de Tápies y ventanal frente al jardín de ficus bien podados. La puerta de madera brillaba y el estampado de las cortinas era exquisito. "Qué cursis son las flores, nada qué hacer. Tú observa bien todo, no olvides ni un detalle. Así comienza el cuento." Sonreí. La abracé fuerte y con los ojos pidió que me sentara. No tardó tres minutos en extraer del cajón uno de aquellos ceniceros de cristal que coleccionó hace años. Detesta la ceniza pero fuma si se aburre y cuando yo prendo un cigarrillo.
Esa mañana de junio Camila se había duchado antes del té y el cereal. Enseguida noté que sus jeans a la cadera le quedaban flojos, las patunflas de conejo rosa se le salían y el top lo llevaba sin sostén. Todo en conjunto, todo opaco, no le restaba magia. Ojeras, las de siempre. El cabello era un prodigio porque vivía y estaba más largo que nunca. Daban ganas de darle un beso, de llevármela, de no hacerme el loco con su muñeca izquierda vendada y esa forma de mirar. Quise hacer bromas, pero se acordó de Walser, su amigo muerto y la nieve. Le dije que no quería escuchar otro cuento oscuro. Cerró la boca y tuve miedo de que le diera una crisis, pero tenía calmantes en las venas como para sonreír sin ganas todo un mes. "Pude ser Walser, pude". No te has muerto, respondí. Sonrió y entonces tuve una erección de aquellas raras, de las que dan mucha tristeza. "Para empezar no tengo pene ni soy novelista y no sé nada de alemán". Bueno, en Berlín te pudiste mover. "Claro que no. Es que no me quedó de otra cuando te fuiste por ahí con la italiana, casi no la libro". Celosa, aún me quieres. "Ya no".
Era mentira, uno más de todos los embustes. Nunca habíamos estado en Alemania. Sólo conmigo jugaba a llevar lo más lejos posible esa imaginación que ya le había merecido dos premios internacionales. De los reconocimientos, ignorados, nunca hablaba. Su realidad con alumnos que seguían llamando después de lo que la tía nombró "el accidente" era un plano paralelo a nuestro mundo. Dos universos distintos a lo Cortázar o Elena Garro, la reina de los cronotopos. Un día dijo que tal vez le pasaba como a Nietzsche. Estábamos en un motel a las afueras de Toluca bebiendo la segunda cerveza cada uno. Me reí de su frase y le arranqué la sábana para comenzar de nuevo. Después de terminar, ya en el coche, Camila confesó: "Yo sé que tú sí me escuchas y que sabes que no estoy bien, que se me van las cabras." Por loca te quiero."No, tú sí sabes que un día me voy a poner bien mal". Enloquecemos juntos entonces. "Imposible, tú sí estás cuerdo, aterrizado, quiero decir". Pues mirá, hace diez minutos sí volaba. "Gracias por decirme todo esto, gracias".
La enfermera, a quien ahí le llaman asistente del reposo, entró a recordarle a mi amiga su sesión de las once con el Dr. Tabucchi. "Nada más vino para ver si no estábamos tirando". Por mí, adelante. "No me busques. Tal vez de todos los sitios este sea el que se lleve la de oro, por encima de esa noche en una callecita de Vallarta, ¿te acuerdas de mi vestidito negro, sin nada debajo?" No lo olvidaré jamás.
Por poco y me derrumbo, sin embargo me contuve. Ella cambió el tema. Quizá porque se percató de que confundía las situaciones. Siguió hablando de sus clases, los chicos a los que les llevaba tan pocos años, las charlas por teléfono con el rector ahora que tenía toda la calma para escribir y descansar. Me preguntó, claro, por mi libro de crónicas interminables, por la novela y Daniel, mi hijo de año y medio. Me enserié cuando insistió en que le contara sobre el cuento. Le repetí que no volvería a hablar de literatura con ella. "Porque te hago sentir tonto y eso que has leído como un endemoniado". No es cuánto hemos leído, Camila, sino para qué. "Es que yo estoy loca, te lo dije desde que te conocí en el festival de poesía de Perú". Hace ya mucho, casi 6 años. "Qué tormentón el de esa noche y qué fácil fuiste". Caí redondito, con vos no quedaba otro remedio. "No, la seducida sigue siendo la que habla". La voy a contradecir, si me permite. "No me hables de usted, por favor". Como querás. "No tendrías ni que hablarme". A mí se me olvida todo, te consta. "Pero a mí todavía me duele". Lo siento. "Pídeme algo que pueda hacer". Mirá, falta más de media hora para tu cita con el Dr. Tabucchi, ¿salimos al jardín?
No quiso ponerse el suéter. Salió tal como estaba, con las patunflas, el top, el cabello recogido en una cola y su mano delgada, de dedos agujientos ("ya sé que esa palabra no existe, pero puedo inventar lo que se me pegue la gana, tengo, como tú, ese poder") buscando mi puño. Mientras caminábamos parecía más pequeña, más joven. Sentados frente a la piscina volví a sentirme alterado y confuso. Era un hecho que no la olvidaba a pesar de sus gritos en el aeropuerto de San José, del café hirviendo que le aventó en la cara a mi novia de Madrid, de los silencios con los que jugaba para herirme, de todos mis amigos con los que durmió para vengarse. Dejé de llamarla. Yo también me le perdí.
Antes lo único raro es que dormía muy poco. Esperaba mis ronquidos para lanzar poemas como dardos en su computadora. Una mañana, en su apartamento, mientras terminaba de hacer el desayuno, me mostró 32 páginas escritas en una sóla noche. Me ensucié los dedos con la tinta fresca de la impresora. "Dicen que así le pasaba a Ricardo Reis". Con todo respeto, estos no se parecen ni a los del pastor amoroso. "Por supuesto que no, yo no tengo personalidades múltiples". Los poemas eran jodidamente brillantes y no se me ocurría otra cosa más que decir.
Quería y no quería que dieran las once. Deseaba deshacerme de cada sentimiento, de sus ojos colosales, desus oraciones melodiosas y aquel acento indistinguible. "Es que nunca sabrás, a ciencia cierta, dónde nací y crecí". No me importa, te lo dije en Lima, te lo digo hoy aunque no haya conocido tu país ni a tus padres, no me importa. "A veces siento que sigues acá sólo porque quieres saberlo, porque necesitas averiguarlo todo sobre mí y ya". Te equivocas. No tengo intenciones de saber donde es acá (con mi índice hice lo mismo que ella con el suyo, me lo acomodé en el pecho). "Donde naces vos es acá. No puedo creer que lo olvidaras, tú, el de la memoria asesina".
Dos viejos pasaron junto a nosotros. Él en silla de ruedas que conducía una señora de cabello blanco. Los señalé y le dije que eso nos iba a pasar si no me olvidaba. "Primero tendría que perdonarte". Ya empezamos mal. "Te llamé, Alfredo, te llamé 449 veces en un día a tu celular, que no se te olvide". De eso ya hablamos mucho, Camila. "Es que nunca me dijiste que..." Bueno, pero ahora encontraste el amor de verdad, un hombre que te ha dado toda la atención. "Y llevo medio año de casada y ya me quise matar". No hables así. "Contigo siempre me he expresado como quiero". Conmigo has podido destrozarte y torturarme como quieres. Mirá, fue muy mala idea venir. "Quién sabe porque pensando en tu novela y en la mía le encuentro sentido a todo". Pero, por favor, hay otras cosas, está la realidad, por decir algo. "Me voy adivorciar cuando salga de aquí". No tomes decisiones apresuradas. "Alfredo, si pones esta línea en el cuento, se te cae" No me interesa el cuento. "A mí sí". Claro, para ti hasta la moral es literatura. "Menos el amor y las llamas de San Telmo". De eso dijimos que tampoco íbamos a volver a hablar. "No puedo creer que sigas vetándome temas de conversación. De seguro dirás que por mi bien". Por el mío, Camila, por el mío. "Ah sí, que la locura se pega. Si esto también lo escribes te va a salir un cuentito a lo Isabel Allende y ya sabes a quién sí hay que imitar." Ya estamos grandes para querer ser perros románticos. "Adultos o no, cómo te quise; lamiéndote y ladrándote cuánto te quise". Yo sé. "Y leyendo a Onetti tampoco te olvidaba". Esos sueños realizados los viví con vos.
La misma mujer con uniforme de hace unos minutos salió del edificio beige. Cuando la tuve a pocos metros comprendí que otro miércoles había acabado. Me esperaba la oficina y lo que es peor, una junta con los supervisores. Pero antes unos minutos para pensar sentado en el escritorio. En mi computadora encontré una foto de Camila Fonsi. Su imagen y no la del hijo que me había inventado. Un bebé con otra mujer ficiticia que la animó a casarse con Alberto, sus millones y la paciencia que a juzgar por las flores baratas ya no es la de antes. Los presenté en un concierto. Me gustaba ser el confidente y nada más porque así la reinventaba con más fuerza, con más mentiras que todas las que perpetró. Nunca llegamos a conocernos tan bien.