Sin obstinación, paciencia ni esperanza nada pueden los que escriben. Según Orhan Pamuk, ser escritor es descubrir, luchando pacientemente durante años, la segunda persona que se esconde en el interior de uno y el universo que convierte a esa persona en lo que es. No hay lugar para la inspiración en ese proceso porque nadie sabe a ciencia cierta de qué se tratan los caprichos de las musas.
jueves, 28 de febrero de 2008
viernes, 22 de febrero de 2008
Tímida nota sobre Beckett
Sospecho que Molloy, caminando con las manos, no sabe nada de dios ni quiere saberlo. El viaje que emprende tampoco llega a ser huida. Es simplemente la condición del ser humano. De ahí que el encierro y la madre del protagonista sean útero y mujer de donde nadie se fuga. Para Samuel Beckett ni siquiera podemos darnos el lujo de pensar en el destino. Esperar o creer es un error que hiere, pero sólo herido el hombre se cuestiona aunque sus preguntas no sirvan de mucho.
En esta novela, la primera de la trilogía que coloca al autor de Esperando a Godot en el parnaso de los grandes narradores (hay poesía en la prosa) la trama se va revelando absurda y delirante. Desespera, pero enamora con los hilos de plata explosiva que sólo Beckett trama. De ese tejemaneje uno sale pertubado y, me atrevo a decir, tullido ideológicamente. Ese es el poder de este escritor, lograr que el hombre cante sus miserias y se ría de la imperfección monstruosa con que fuimos creados.
En las obras de Beckett todo puede complicarse y en efecto empeora. El caos reina, pero no se trata de aquel caos que prepara el campo para el cultivo, no. Se trata del vacío que tal vez castigue el movimiento del ser humano rebelándose frente a la nada.
martes, 19 de febrero de 2008
Mutación
E infinitos poemas vienen. Bandadas de versos con olor a historias y Carlos Martínez Silva con su lenguaje de hombre en busca de la imagen.
*
Explicarle, entonces, el porqué de mi felicidad en Nicaragua. Revelarle los amigos, las lunas, los ojos de otras tierras. No quedarme con secretos ni con historias pendientes. Contarle, una vez más, lo que soy. Y que no escuche, que se sienta invadido y redomado. Que sonría al no encontrarme en la sala de chat porque esta vez llegué a Granada y a una conclusión: sin aviones yo me muero.
*
Ya sé cuál es el rumbo. Helen Dixon lo señala: Yo soy mi propia brújula.
*
Siempre el sur y la inteligencia y la pasión. Siempre la mirada oportuna y la palabra con estaciones precisas.
A menudo me transformo en verso.
*
Explicarle, entonces, el porqué de mi felicidad en Nicaragua. Revelarle los amigos, las lunas, los ojos de otras tierras. No quedarme con secretos ni con historias pendientes. Contarle, una vez más, lo que soy. Y que no escuche, que se sienta invadido y redomado. Que sonría al no encontrarme en la sala de chat porque esta vez llegué a Granada y a una conclusión: sin aviones yo me muero.
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Ya sé cuál es el rumbo. Helen Dixon lo señala: Yo soy mi propia brújula.
*
Siempre el sur y la inteligencia y la pasión. Siempre la mirada oportuna y la palabra con estaciones precisas.
A menudo me transformo en verso.
miércoles, 6 de febrero de 2008
Más allá de algún relámpago
Febrero rompe la foto de las lluvias.
Sus manos son resecas.
Su aire, el de una historia malvivida.
Febrero sopla en el rincón del horizonte
y es punto alejándose.
Parece hoguera intimidada
o viuda de todos los incendios.
Huérfana de oxígeno.
También yo caigo de mes en mes como llovizna
y permito que oscurezcan la estación con un rebozo
para ahorcar aves y dudas
porque el tiempo es comején y el miedo la lámpara.
En el cuarto prestado de este sueño
le brotan espinas al instante.
Y crezco. Me asomo al lago, al remolino.
Dibujo lo que no dije,
lo que no vi al fondo de esa noche acuosa,
de ese orgasmo violeta con jardines.
Hay tarántulas, me repetía.
También una colmena y lechuzas.
Hay lo que mi corazón deja vivir
y la crueldad impone:
febrero capataz,
febrero de caminos para esclavos.
No, no volverá la lluvia.
Es el escupitajo del silencio lo que impera.
La voz idéntica del soplo y
autopistas verdes para mi córnea triste.
Hay un salto. Otra puerta
y los espejos antes de vivir otro minuto.
La que miro me desgarra.
Con los párpados abajo devoro lo que veo.
Segundo mes. Fecha de mercurios en las venas
y el punto alejándose que habla como yo,
que canta con su lengua y su rama sin nidos.
Quise ser la concha, el caracol,
pero me quedé a desgranar el viento
y el salto y la despedida y lo que nace
para ser liberado en una lágrima,
en una gota sola de veneno y humo.
Febrero sin rojos
ni cardumen.
Sus manos son resecas.
Su aire, el de una historia malvivida.
Febrero sopla en el rincón del horizonte
y es punto alejándose.
Parece hoguera intimidada
o viuda de todos los incendios.
Huérfana de oxígeno.
También yo caigo de mes en mes como llovizna
y permito que oscurezcan la estación con un rebozo
para ahorcar aves y dudas
porque el tiempo es comején y el miedo la lámpara.
En el cuarto prestado de este sueño
le brotan espinas al instante.
Y crezco. Me asomo al lago, al remolino.
Dibujo lo que no dije,
lo que no vi al fondo de esa noche acuosa,
de ese orgasmo violeta con jardines.
Hay tarántulas, me repetía.
También una colmena y lechuzas.
Hay lo que mi corazón deja vivir
y la crueldad impone:
febrero capataz,
febrero de caminos para esclavos.
No, no volverá la lluvia.
Es el escupitajo del silencio lo que impera.
La voz idéntica del soplo y
autopistas verdes para mi córnea triste.
Hay un salto. Otra puerta
y los espejos antes de vivir otro minuto.
La que miro me desgarra.
Con los párpados abajo devoro lo que veo.
Segundo mes. Fecha de mercurios en las venas
y el punto alejándose que habla como yo,
que canta con su lengua y su rama sin nidos.
Quise ser la concha, el caracol,
pero me quedé a desgranar el viento
y el salto y la despedida y lo que nace
para ser liberado en una lágrima,
en una gota sola de veneno y humo.
Febrero sin rojos
ni cardumen.
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