martes 29 de enero de 2008

Mi Borges

Me enamoré de él, entre otras cosas, porque abrió dos roperos a reventar de libros. Dos estantes sólo para Borges y una mesa donde nos podían dar las seis de la mañana hablando. En ese contexto se dio mi primera lectura a profundidad del autor de Ficciones. Aquello era exactitud diabólica: una palabra inagualable detrás de otra insustituible. Me derribó. Me dio miedo y por poco lo rechazo. No podía entender que la literatura fuera así de poderosa. Alguien que pudiera soñar a un personaje capaz de volver a escribir el Quijote. Un autor sin límites que piensa en la memoria omniabarcante de alguien a quien llama Funes. Un escritor que se encuentra consigo mismo joven y viejo. Un narrador tan talentoso que echa andar artefactos literarios precisos y veloces, máquinas de sueños, piedras filosofales y un objeto por donde todo puede ser visto en el mismo instante.
Mi segundo Borges lo descubrí en Bogotá y me llevó hasta el llanto. Esa vez fueron todos sus libros de cuentos y la obra poética completa. Estaba ya antes un Borges diferente. No era el amor de un candidato a novelista quien me lo acomodaba entre las manos, sino mi propia pasión por la literatura. Por eso las lágrimas en la parte donde el narrador describe todo lo ve. Semejante inventario me conmovió por su poeisis (muy a lo Whitman), pero también por su alquimia donde incluye al lector. Por primera vez me sentí literalmente dentro de una historia. Como si el cuerpo textual de "El aleph" me succionara, me volviera palabra. Más que mágico fue una experiencia sobrenatural. Lo mismo me pasó con la poesía. Borges escribe poemas partituras y nos da la clave para ejecutarlos.
Mi tercer Borges es el ensayista que prefiero en Siete noches o Arte poética. Confieso que no me agrada mucho cuando quiere jugar a ser filósofo. También me abruma a la hora de especificar su canón. No lo culpo. Roberto Bolaño siguió fielmente sus huellas y como el argentino, se convirtió en un propio personaje. Hablo de una literatura de la literatura con la firme creencia cabalística de que todo ya está inventado, de que sólo volvemos a desandar los laberintos de la expresión y el sentimiento. Borges era supersticioso y amante del azar. Intentó ser espejo, tigre y vio en las rayas de éste la escritura de dios. También en los pétalos de rosas. No se conformaban con al idea de ser sólo uno y de estar viviendo un solo aquí. Esa es la forma en como transgrede. Esa es su rebeldía inmensa, su modo de denunciar el poco tiempo que tenemos y la forma en que lo desperdiciamos siendo infelices, pero, sobre todo, nada imaginativos.
Creo que mi Borges es precisamente el del sentido del humor, el que se compromente con la felicidad y las calles. Me quedo con el Borges vagabundo que logra salirse con la suya y lo entierran donde más libre y pleno fue. Quiero pensar que poco se ha escrito sobre el Jorge Luis trotamundos más allá de la ceguera. Y es que era un nómada sin cura, pero eso sí, siempre bien vestido. Se desplazaba con cálculo de genio a lo largo y ancho de sus fábulas y visitaba los cinco continentes sin cansarse.
No me atrevo a rechazar al Borges conservador, al amigo de Bioy Casares con quien criticaban sin piedad a todos los poetas sentimentaloides o cursis. No puedo olvidar que el esposo de María Kodama era un ser humano y no admitía "recomendaciones", por ejemplo, no recibir un doctorado honoris causa de manos de Pinochet aún cuando los suecos le sugirieron rechazarlo. Esa congruencia es la que hechiza como la de sus poemas perfectos y sus narraciones más que extraoridinarias, como las de Poe o las de Stevenson, fabulosas y míticas.
El primer adjetivo viene de la fábula en sí que como en Las mil y una noches abre la ruta de la ficción que se bifurca en decenas de espejos reflejándose. La segunda palabra, "míticas" la escribo a causa de la epopeya de la que siempre suele partir algún cuento de Borges donde un referente simbólico u otro intertexto se impone como la columna vertebral del artefacto narrativo. Y aquí me hago la pregunta, ¿de qué material están hechos los cuentos de Borges? Más allá de simples vocablos, de frases cortas y filosas; rotundas y precisas. Más lejos del lenguaje que rebasa los múltiples sentidos, ¿de qué están hechos los artefactos borgianos?, ¿de columnas de laberintos, de mercurio brillante y respaldar oscuro con el que se construyen los espejos?, ¿de animales salvajes y arena de desiertos donde aguardan los tesoros?, ¿de cuchillos de gauchos y fuentes?, ¿de los dones y los paisajes celtas?, ¿de instrumentos con el que se tocan las milongas?, ¿de magias inútiles para amanazados porque aman? No sé.
Mi Borges es único e irremplazable y a medida que me queda menos tiempo en este mundo, más mi Borges cambia.

jueves 24 de enero de 2008

Nomenclatura

Mi amor de nubes agrias en Colombia,
de calles con mendigos sofocados.
Mi amor anfibio con Espinosa sin paraguas
y Juan Manuel alquimista en todas partes.
Mi amor de Jaime, de Johann,
de Jorge y secretos en el agua,
en el cielo que molía el amor de toda luna.

Este amor de avión neurótico
y de sueños en Jojutla.
El uniforme era más amplio que el temor
y los tigres en un sueño tórrido.
El uniforme, cárcel de popelinas
y debajo la mujer leyendo Robinson.

Mi amor de habitación llorando
y cuadernos con garzas de colores
y Cuba con estrellas en el Capitolio
y malecón de en la placenta de unos besos
y Madrid para salvarme de otro amor gaseoso.


Mi amor de Molina con rosas de nieve
y al centro una llama para Borges.
Mi amor de carretera con destino a otra magia inútil,
a otro miedo en la carne del amenazado
con mi amor y este vértigo de niña.

Mi amor cometa arañaba sus ojos,
lo dejaba con el silencio esponjado del orgullo
y música para infectar la herida
de un árbol solitario al borde del camino.

Mi amor de edén donde comen los demonios
y las sirenas cuando lloran en su mesa
por este amor barroco.

Mi amor infinito que se acaba cada noche,
que lo humillaba cuando amaneció sin brújula.
Mi amor lívido, ávido de sangre,
de más amor que lo empuja a un no te amo.

Amortajándonos

Para Afhit
El día en que me corté la palma de mi mano izquierda rebanando un bolillo, leí La amortajada de la chilena dipsómana María Luisa Bombal. Fue una lectura rabiosa y etérea. Devoré con un poco de ira por no haber masticado antes la prosa de esta mujer. Pero como suele ocurrir, los libros llegan a su debido tiempo. Y como dice la voz que narra esa novela, "el día quemaba horas, minutos". Así que ahí estaba yo, en un café, apuntando febrilmente frases de ese libro que más bien parecen hurtadas de poemas.
Bombal es una maestra del tono y la sugerencia. Hábil para manejar toda clase de símbolos, escribe como si estuviera tocando un instrumento más afinado que el aire de dios en una flauta. Sentí su música narrativa, su aliento poético, surrealista y el panteísmo que no esconde, que deja volar oníricamente entre la descripción de sus paisajes y las pasiones de sus personajes tanto femeninos como masculinos. Luego me entero de que la autora estudió violín y se graduó en letras en la Sorbona. Comprendo entonces su facilidad para invocar la formas vanguardistas y el ritmo de su prosa. Bombal puede ser impecable. Con razón Borges la protegía tanto. Aseguran que le prestaba hasta para comer. Pero eso es lo menos importante aquí. El día en que me corté la palma de mi mano izquierda finalmente encontré a la Bombal y sabiendo que hay dos muertes: la de los vivos y la de los que sí se van para siempre de la vida, respiro aliviada.
Pero hay algo que no me atrevo a confesar. Lo haré en honor de la persona a quien dedico este texto. La amortajada me llegó de manera fortuita. Un profesor en la escuela donde trabajo me dijo que tenía algunos libros y documentos en fotocopias de una entrañable maestra que acaba de morir. Así es como lo visité en su oficina y hurgamos en las carpetas de la finada Susana Crelis, una uruguaya experta en literatura. Entonces aparecieron dos juegos de fotocopias de este libro. Uno para mi colega y otro para mí. De tal suerte que mi lectura transcurrió subrayando sobre los subrayado de Susana, o sea, coincidiendo con alguien que ya no está. Así que trato de entenderlo: el título habla de una muerta. La autora murió en 1980. La maestra que indirectamente me facilita dicho texto ha muerto también. No puedo aventurarme a expropiar conclusiones de simples coincidencias. Sólo diré una cosa: entre tanta muerte y con mi mano herida, soñaba leyendo que soñaba a lo Bombal.

miércoles 16 de enero de 2008

En agonía

Muy poco le falta al poeta para morir. Mientras eso ocurre espero y miren que mi cara no es de buitre. Espero y rememoro. Era yo una joven que lo recitaba a voz en grito en el Palacio de Bellas Artes. Años después, una mujer en Colombia que lo criticaba junto a otros dos poetas. Benedetti y yo, en la ventana de una amiga defeña y la frase derritiéndose en mis labios, "el sur también existe". Benedetti y yo en la esquina de una calle del centro de la capital cuando aquel hombre me decía que acababa de leer El cumpleaños de Juan Ángel. Benedtti y yo en El Escorial, luego, por la noche, en Madrid, cenando con él y un músico. El uruguayo y quien esto escribe hace poco, en la cama de un punto del centro de México donde alguien me recordó el poema "Corazón coraza". Benedetti, como a muchos, siguiéndome desde mi identidad latina. Y pensar que le falta poco para morirse; que me firmó un libro; que lo extrañaré para criticarlo y sonreír, secretamente, a causa de sus poemas que no se van de mi memoria.

lunes 14 de enero de 2008

De todos los paraísos

De todos los paraísos
el tuyo es más airado que las montañas
de camino al cielo creciente.
Desde una vereda de nombres lo confieso,
tu casa espera el diábolo
que mate mi búsqueda de gato de Cheshire.
Mientras ocurre, levantas un nidal
por donde entra la luna
y nos devuelve a los dioses.

En tu cama el amor era elemental como la vida
y cantaba el eucalipto y el púrpura silbante.
Justo en medio de tu boca maduraban los duraznos.
De todos los paraísos el tuyo es al que vuelvo.

Hogueras de nieve

La jaula es del color de tu carne
en esta aurora diluida en nubes escarlatas,
en este equipaje húmedo de lo que fuiste:
maletas y colores despistados,
libertad de rehilete y vueltas del aire
que nos necesita.
Y ahora la música con pétalos
y el polen cayendo desde lo alto del odio
porque quise la jaula que eres
con mi látigo para no soñar leones
o iris ensangrentados
en un poema de González.

Hoy ya es mañana
en el cielo de los ruiseñores
y las palomas de Sevilla
por las que rapé mi pensamiento.
Tu presencia fue el caballo de Sleepy Holly
que esperé desde niña porque amé tu peligro
y su regreso puntiagudo.
Eras mi profecía. Ahora el aro y la llama.
El circo que te prometí donde reinas
sobre todos los payasos.

Mañana es hoy.
Lo sé a causa de este don de trocar en lianas
tu destino, en pantanosos atardeceres con jaguares.
Mañana es este ahora de ventanales amarillos
donde coagula tu eco y acomodo una antorcha
en el pasado. El fuego proviene de un mundo silencioso,
de un sobreviviente debajo de esta almohada.

domingo 13 de enero de 2008

Ángel González: él éxito de todos los fracasos

Nació en una década donde los grandes entre los grandes revolucionaban cada rincón de la expresión artística. 1925 fue el año en el que Ángel González, natural de Oviedo, España, llegó a este mundo su atronante autenticidad poética y un ritmo casi imposible de igualar. Como todos lo que pensaban, huyó de la dictadura franquista y se quedó un tiempo enseñanado literatura en la universidad de Albuquerque, que en 1997 lo nombró doctor honoris causa. Famoso como crítico literario; celebradísimo como poeta, Ángel González fue miembro de la Generación de los 50 y una de las voces más respetadas y queridas del gremio poético como bien ha asegurado la escritora Almudena Grandes y el vate granadino Luis García Montero. La primera asegura que la muerte de González, a los 82 años, nos deja en la orfandad. Comparto esas palabras. Leí a este poeta en la Sogem. Mi profesor de cine, Jaime Casillas, declamó para el grupo dos de los tres poemas que aquí presento. No puedo olvidar que quedé impactada con las rimas coloquiales y diáfanas, con la sencillez y la fuerza de los versos que acababa de escuchar. No tardé en buscar un libro de Ángel González y leerlo todas las noches, todas. Memoricé varios poemas y creo que influyó en mí por esos años en los que fui una poeta muy joven, bastante ingenua. Por eso me duele esta muerte un poco más que la de Andrés Henestrosa. Seguramente me acusarán de Malinche (una vez más) porque eso de sentir pena por la muerte de un poeta español y no de un mexicano indigenista cuyos versos también derraman belleza, musicalidad y ternura incomparables, vaya que es para criticar. Pero lo siento, Henestrosa no me ha tocado como González. Culpa mía, claro. Y culpa del azar que no me ha dado el amuleto de la poesía del mexicano.
Así que aquí van los poemas del español aderezados con comentarios silvestres de quien esto escribe. Todo porque no, no podía dejar pasar la muerte de un maestro.
Cumpleaños
Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en aire,
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños.
Yo comprendo: he vivido
un año más y eso ya muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!
Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.
Lo que me sigue sorprendiendo de este enorme poema tan pequeño como portátil es su ritmo y la gracia de con que dispara una profundidad existencial sin precedentes. La voz poética se dice asombrada y esa capacidad de abrir los ojos y los oídos ante el trabajo de un corazón que envejece es la médula semántica de lo que el poeta comunica. Porque se expresa con garra y cadencia. Porque la rima no estorba, se agradece.
Para que yo me llame Ángel González
para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo,
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos,
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz que se resiste
a su suina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...
Cada vez que lo leo, la piel de gallina. Vaya forma de hablar de aquello que dicen es la herencia genética, de la consanguinidad cultural que nos une a todos. Después de estos versos nos sentimos más felices de ser humanos y compartimos el sentimiento de vivir a la intemperie, de ser inextricablemente mortales. Este poema merece un severo tratamiento ontológico, es una fruta de jugosa pulpa hermenéutica.
Siempre lo que quieras
Cuando tengas dinero regálame un anillo,
cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca,
cuando no sepas qué hacer vente conmigo
-pero luego no digas que no sabes lo que haces.
Haces haces de leña en las mañanas
y se te vuelven flores en los brazos.
Yo te sostengo asida por los pétalos,
como te muevas te arrancaré el aroma.
Pero ya lo dije:
cuando quieras marcharte ésta es la puerta:
se llama Ángel y conduce al llanto.
De este poema puedo decir mucho, pero basta con confesar que es un poema que sobre todo en estos días me habría encantado escribir. Versos fáciles de dedicar a la o al que se ama. Poema vegetal y conversacional, de profundo toque "antipoético", de color parriano, tan español y latinoamericano al mismo tiempo este poema, tanto, que en nuestra piel se enrosca esa corriente enigmática que siempre cabe en la poesía.
Así que no, que no descanse en paz este poeta muerto, que siga vivo en todas las lecturas del mundo; que lo lean hasta el cansancio los que serán poetas y los que no; que el universo recuerde cada hora todo lo que él tuvo que pasar para que alguien en Ovideo se llamara Ángel González.

sábado 12 de enero de 2008

No de epopeya

No quiere hablarle. Prefiere desparecerla como quien asesina. Pero desconoce que hay amores costras que nunca secan. Aun cuando laves bien la fístula y le procures viento (no se por qué todo mundo asegura que el aire en estos casos es curativo), aun cuando te subas a un avión y entres al perfume de otra historia. Incluso si pasa la mitad de tu vida, hay costras que no secan. Tolerancia entonces. Eso le recomendaría si quiere pensar que puede olvidarla. Ella, por su parte, sí puede volver a arrullarlo y hablarle de todo lo que le inspira la noche, del último libro, de la ópera que soñó, de un poema, otro más, inédito, de los colores del ocaso y esas nubes imposibles, de lo que guarda en su corazón a veces enfermo. Pero él dijo que no y ella se atrinchera en lo que cree su verdad, en la casa de un daño imaginario para protegerse del dolor imborrable. Él dijo que no y fue tan claro como un hilo de la fuente del pueblo donde se vieron. Un no con filo. Dos letras simples e inexorables. Sílaba de muerte para el que se deja matar. Pero ella traía chaleco antibalas y escudo de Aquiles. Él también llegó blindado por eso es mi antihéroe favorito.

De odio

Las matan y la carretera
es infierno quemado,
cárcel de flora y vagina
donde el fruto se expulsa
y el grito fluye.
Muertas, llorando,
las persiguen
y los caminos son jaulas
con hombres roedores.
Los árboles no viven.
La tierra está podrida.
A la intemperie, por eso las matan.
Y un armario no esconde.
En la infancia alguien inventó
con saña el abuso.
Arrinconada la huida,
es cuestión de suerte
ser dama de golpes
o ave de alas cortadas.
Hasta el aire es un cuchillo.

Caníbal

Mastica pedazos de cascarón con el mundo quemándole los dedos y rompe lo que queda de luna,
cuanto no puede cantar con agua verde en la garganta. Cuanto no puede ver llover en un instante de añicos en el viento. Mastica lo que queda de sí cuando amanece y el poema es un alambre infectado que atraviesa las venas del futuro.
Todo es masticar para asumir el tiempo cuando nieva porque el frío es un estado gracia ahora,
ahora que la música se fue a convertirse en la nada de otro forestero.
Y la nada es el líquido viscoso del cascarón. El principio ardiente, la atracción aciaga.
Masticar, dejar en blanco. Asumir la ausencia de color en el vino, en la mancha de nubes que cabe en la pintura, en un refugio de luces y bugambilias sin rumbo. En la distancia del abrazo. En todo aquello que se rompe y resuena, mastica.

miércoles 9 de enero de 2008

Siempre Sábato

Sí, tengo talismanes que son párrafos. Me protegen contra todo y dan fe de que el azar infinito de la literatura no es tan sólo un cuento. Las frases se cumplen, como algunas ilusiones. Lo digo porque me pasó otra vez en este día: las palabras de Ernesto Sábato y la aparición de alguien que también cree en las conexiones y llama justo a tiempo. Entonces uno de muchos talismanes vibra: "Cuando somos sensibles, cuando nuestros poros no están cubiertos de las implacables capas, la cercanía con la presencia humana nos sacude, nos alienta, comprendemos que es el otro el que siempre nos salva".
Sí, hay hambre de infinito. E irremediablemente recordamos a los que nos hicieron vivir y nos miraron sabiéndonos tan extranjeros, tan volátiles. También con sed de abrazos y lluvia que cae cuando éstos se han cumplido. Por eso aquí viene el autor de El túnel, "creo en los cafés, en el diálogo, creo en la dignidad de la persona, en la libertad. Siento nostalgia, casi ansiedad de un Infinito, pero humano, a nuestra medida".
La llamada y él. El recuerdo de alguien muerto. La distancia y otra voz para que ría. Y río y corroboro que antes yo era menos fuerte que esta noche. Pero igual de libre con mis novelas bien soñadas, con esta forma de mirar que es peligrosa porque embruja.
La llamada y su inteligencia, su actitud de héroe que resiste de cara al tiempo que nubla lo vivido. Como si yo fuera invisible, él vierte sus frases que vienen del pasado y reviven talismanes nuevos. Así que me dejo ver, algo forzada, por su cariño y su memoria. Vuelvo a sonreír. Sólo tuve que oírlo para saber que sé la receta de mi felicidad no la he olvidado. Por lo cual quisiera corresponderle con esto que sigue: "Cuántas veces les he aconsejado a quienes acuden a mí, en su angustia y en su desaliento, que se vuelquen al arte y se dejen tomar por las fuerzas invisibles que operan en nosotros. Todo niño es un artista que canta, baila, pinta, canta historias y construye castillos. Los grandes artistas son personas extrañas que han logrado preservar en el fondo de su alma esa candidez sagrada de la niñez y de los hombres que llamamos primitivos, y por eso provocan la risa de los estúpidos. En diferentes grados, la capacidad creativa pertenece a todo hombre, no necesariamente como una actividad superior o exclusiva... El arte es un don que repara el alma de los fracasos y sinsabores. Nos alienta a cumplir la utopía a la que fuimos destinados". Vibra, vibra fuerte en mi bolsillo este amuleto.

martes 8 de enero de 2008

Sin brújula alleniana

Claro que una escritura fragmentada proviene del dolor. No hay género que resista llanto y llanto. No lo hay. Reto a cualquiera. Ni historia con episodios ni elegía con mejor ritmo.
Clarice Lispector, Virginia Woolf en sus diarios, Anís Nin, Yourcenar y Susan Sontag son ejemplos de lo que arriba expongo. Algo tiene esa forma de escribir cuarteada que descomponiendo la verdad y ocultando mientras desvela, da fe de un interior que no logra descolgarse ya que la presión de las emociones acabaría con el escritor si se manifiesta tal como es de un golpe solo. Por eso Cioran no podía escribir, la mayoría de las veces, de otro modo. María Zambrano lo sabía e intuyó que lo más importante de nuestra vida lo contamos, pensamos, componemos o cantamos trozo a trozo. Porque uno llora también a retazos. Y espamódicamente es como nos damos cuenta de la amplitud y profundidad de nuestras heridas. Más adelante, tal vez, crecemos.
*
Nos estamos muriendo a diario. Así que más vale llorar todo lo que nuestros ojos necesiten. Y reír, cuando se puede, hasta que nos confundan con un loco.
*
Al de Colombia sí le gustaba cuando me ponía sabionda y hablaba con autoridad (no impositivamente) de mis pasiones, es más, me miraba con amor omniabarcante. Mi feminismo no le desagradaba del todo porque comprendía la fuente de todos mis dolores y esas maletas en solitario, conmigo misma temerosa, conmigo misma buscando a alguien que aceptara cómo me derramo en moldes viejos, es decir, en cajitas patriarcales y conservadoras.
*
Soy un mar y el olor del bosque cundinamarquense. También soy, a medida que lloro y no paro, un libro inédito porque ya me alcanzó un poema de Girondo, en una escena con el corazón oscuro, que hay que llorarlo todo y llorarlo bien. Por eso quiero ser la ventana del depa del DF donde viví y lanzaba juramentos a las nubes mientras los aviones no dejaban dormir. Sí, me iría muy lejos, hasta donde el dolor no me alcanzara. Y funcionó. El dolor venía conmigo, pero allá en Madrid no me golpeaba.
*
Con la herida haré colecciones y colecciones de fragmentos.
*
Ya voy olvidando. Por mucho que duela, calculo que no tendré ningún recuerdo negativo, que sonreiré cuando alguien pronuncie palabras como Mozart o Liszt. Que sentiré bien por haber amado aún con dislates. Que decoré galletas color corazón apasionado como la muchahita que hornea su propia felicidad en una caja perfumada. Porque él era mi felicidad, mi alegría permanente, mis noches completas, no dejaré que se transforme en todo lo contrario.

lunes 7 de enero de 2008

Fragmentos para los que temen o para que el oro no se nos escape otra vez entre los dedos

Y, puesto que no puede haber mucha vida si no se produce el declive de lo que antes había, los amantes que se empeñan en mantenerlo todo al máximo nivel de esplendor psíquico vivirán una relación cada vez más osificada. El deseo de obligar al amor a vivir sólo en su forma más positiva es la causa de que, al final, el amor muera definitivamente.
*
Sobre todas las cosas, el amor cuesta caro. Cuesta el precio de la valentía. Cuesta el tomarse una molestia.
*
Amar significa salir de un mundo de fantasía (donde todo es perfecto o al revés) y entrar en un mundo en el que es posible el amor duradero, cara a cara, hueso a hueso, un amor hecho de afecto. Amar significa quedarse cuando todas las células gritan: "¡Echa a correr!"
*
Los amantes tienen la sensación de que algo los persigue. A veces piensan que es el otro quien los persigue. Pero, en realidad, es la cara no agradable del amor... Este extraño fenómeno se produce en todas las relaciones amorosas: cuanto más corre el amante, más acelera el sentimiento. Cuando uno de los componentes de la pareja intenta huir de la relación, ésta se llena paradójicamente de vida. Y cuanta más vida se crea, tanto más se asusta el amante. Y cuanto más corre, más vida se crea. El fenómeno es una de las tragicomedias más esenciales de la vida.
*
Algunos comenten el error de creer que escapan corriendo de la relación. Pero no es así. No se escapan del amor (nunca lo logran) ni de las presiones de la relación. Intentan dejar atrás la misteriosa fuerza de la Vida/Muerte/Vida. La psicología diagnostica esta situación como "temor a la verdadera intimidad, temor al compromiso". Pero eso no son más que síntomas. La cuestión más profunda es la incredulidad y la desconfianza. Los que anda siempre huyendo temen en realidad vivir de acuerdo con los ciclos de la naturaleza integral.
*
En la justicia de la epopeya, al igual que en la psique profunda, la amabilidad con lo que parece inferior se compensa con un bien y la negativa a mostrarse bueno con alguien que carece de belleza se denuesta y castiga. Ocurre lo mismo en los grandes estados emocionales como el amor. Cuando nos estiramos e inclinamos para tocar lo que no es bello, recibimos una recompensa. Si despreciamos lo que no es bello, nos aíslamos de la vida real y nos quedamos fuera, muertos de frío.
¿Qué es es lo no bello? Lo no bello es nuestra ansia secreta de ser amados. Lo no bello es el desuso y el uso incorrecto del amor. Nuestro abandono de la lealtad y el aprecio es desgradable, nuestro sentido de aislamiento del alma es feo, nuestras verrugas psicológicas, nuestros defectos, nuestros malentendidos y nuestras fantasías infantiles son lo no bello.
*
Hay un recelo real cuando el peligro está muy cerca y un recelo injustificado que se produce como consecuencia de heridas anteriores. Esto último hace que muchos hombres y mujeres se comporten con desconfianza y desinterés incluso en los momentos que más desearían mostrarse cordiales y afectuosos. Las personas que temen caer en una trampa o que les tomen el pelo son las que dejan que el oro se les escape directamente entre los dedos.
*
Muchas veces he oído decir a un hombre que tiene a una "mujer estupenda", una "gran mujer" que está enamorada de él y él lo ha estado de ella, pero que no logra "soltarse" lo bastante como para ver qué es lo que siente realmente por ella. El momento decisivo para semejante persona se produce cuando se atreve a amar "a pesar de", a pesar de sus dudas, de su inquietud, de su incertidumbre, a pesar de las heridas que ya sufrido anteriormente, a pesar de su temor a lo desconocido.
A veces no existen palabras capaces de ayudarle a uno a ser valiente. A veces hay que lanzarse sin más. Tiene que haber en la vida de un hombre algún momento en que éste se deje llevar por el amor, en que le dé más miedo quedar atrapado en el reseco y agrietado lecho fluvial de la psique que adentrarse en un exuberante pero inexplorado territorio.

domingo 6 de enero de 2008

Del amor, el cólera y nosotros

Ya no me gusta Florentino Ariza. Ya me parece algo exótica Fermina Daza. Si bien es cierto que la escritura de Gabo será siempre una fuente de extraordinarios poderes narrativos, yo paso desde ahora. Un hombre que espera 53 años por una mujer y que mientras eso ocurre tiene sexo con 622 féminas no es para mí un héroe ni mucho menos un ser milagroso. Uno sí se enamora varias veces. Y aunque la exageración del Nobel colombiano no quepa en mi alma, hay quizás dos ideas en El amor en los tiempos del cólera que me llaman la atención. Releo la novela y miro la película. Cuestionable la primera. Nefasta la segunda. Pero vuelvo a ese par de postulados:
A) Cuando la prima hermana de Fermina le aconseja que debe aprender a ser feliz sin el amor.
B) Cuando Fermina le dice a Florentino (ya viejos) que no entiende cómo puede ser uno feliz durante toda una vida en medio de tantos problemas, pleitos, etc., y que sobre todo, cómo
puede uno llegar al final sin saber a ciencia cierta si aquello era amor.
B es la respuesta de A. Y ésta es, a mi juicio, la mejor tesis del libro muy por arriba de la noción romanticoide de que los amores se cumplen, de que vale la pena esperar hasta la muerte. Porque sabemos que no siempre es así, que los amores se pierden y jamás regresan. Como racimos de globos, un buen día el aire nos los arrebata y se van. Puesto que no somos aves, no podemos alcanzarlos. Puesto que son helio, se dejan vencer por el oxígeno distante. Los amores sólo ocurren una vez, aunque no se cumplan como quisiéramos. El amor, entonces, no nos hace total ni permanentemente felices. El amor es pathos, de ahí que sea irresistible y que duela. Si se logra, muere. Fermina Daza fue feliz porque estuvo estable junto a al Dr. Juvenal Urbino. Su bienestar, entendido sólo como un tiempo prolongado muy prolongado antes del sufrimiento que la pérdida de la pasión produce, le permitió no ser pusilánime, sino vivir en paz sin saber si estaba enamorada. Así que el amor es más terrible que el cólera y por ende tal vez sea mejor prescindir de sus servicios. No pasa nada memorable si nos atrevemos a continuar sin él, ya que si se transforma en nuestra meta, nos desfiguramos por dentro para siempre. Aún cuando quedemos con el corazón más grande (diría un poema de Fabio Morábito), aún cuando la vida no tenga más sentido que esos vuelos nocturnos y el pulso acelerado y las lágrimas de cada ausencia. Disiento. También los sentidos podemos inventarlos.

Epifanías

Deseos y juguetes
1. Que la verdad me sea revelada gracias a que aparece el sitio único, la luz del poema de Mutis en Córdoba.
2. Que me alcance esta nueva alegría para seguir cantando y beber chocolate caliente sin miedo de engordar.
3. Que todos los olvidos me encuentren con la cara en alto y que el tiempo coloque a quien se equivoca en el lugar donde más arde el arrepentimiento.
4. Que el mal, disfrazado de distancia, no me toque con forma de mensaje electrónico.
5. Que pueda ser feliz todos los días sin depender de una llamada o de lo que han bautizado como éxito.
6. Que cuando él entienda lo que en verdad pasó, llore todo lo necesario y su anágnorisis le alcance.

miércoles 2 de enero de 2008

Tizne

El aire brilla y canta una venda en los ciruelos.

El viento es plateado en todo lo que toca.
Soy la adolescente que inventaba
este jirón rayando cada ojo.

Es así, de este lado brilla el mundo
y cae ceniza de los cañaverales.
El aire se burla de la estación
y ya no puedo esconderme entre las ramas.

Reconozco el baile de todas las palmeras,
el opaco despertar en una selva triste
y los juguetes que ya no romperé para salvarme.
No tengo secretos ni dolor como tu piano.

Lo que es mío es el don de ver fulgores en el viento
que hacen hablar a las ventanas.
Las escucho porque lloran el amor de lo que barren
y el recuerdo de las luces en mis piernas.

Mayo no era el viento en tu mirada de cobre
sino un simple estar de cara al mundo
debajo de la tarde más delgada que una herida.
Mayo era la promesa de morirnos
alguna vez, de algún modo, en playas negras,
amarillas, azules, rojas de nostalgia.

Yo veía que mayo era un diamante y quise su brillo
para poder sobrevivir al viento.
A la ráfaga de hoy que me desnuda y deja libre
en el pabellón de los fantasmas.

martes 1 de enero de 2008

Una intentona de enero

He aquí el mejor poema y también el idóneo para este día. Es de Octavio Paz:

Primero de enero

Las puertas del año se abren,
como las del lenguaje,
hacia lo desconocido.
Anoche me dijiste:
mañana
habrá que trazar unos signos,
dibujar un paisaje, tejer una trama
sobre la doble página
del papel y del día.
Mañana habrá que inventar,
de nuevo,
la realidad de este mundo.
Ya tarde abrí los ojos.

Por el segundo de un segundo
sentí lo que el azteca,
acechando
desde el peñón de un promontorio,
por las rendijas de los horizontes
el incierto regreso del tiempo...

Hace 7 años leí por primera vez este poema y me sedujo completamente. Ahora creo saber las razones de tal fascinación. En el texto hay una pareja que mira el tiempo renacer e inventa su propia realidad desde la habitación por donde hay nieve. Lejanía y recuerdo. El mexicano que no deja de ser mexicano en un territorio donde el comienzo de otro ciclo le revela su identidad. Y por si fuera poco, la apertura del lenguaje porque sólo la palabra arroja resultados desconocidos. Lo que resulta de esos primeros versos es una cadena lingüística que rumorosamente nos atrapa. Descripción y sentimiento. Un paisaje de alcoba que es contrastado con el sueño de un tiempo distinto para el amante:
No, el año no había regresado.
Llenaba todo el cuarto
y casi lo palpaban mis miradas.
El tiempo, sin nuestra ayuda,
había puesto,
en un orden idéntico al de ayer,
casas en la calle vacía,
nieve sobre las casas,
silencio sobre la nieve.
Tú estabas a mi lado
aún dormida.
El día te había inventado,
pero tu no aceptabas todavía
tu invención en este día.
Quizá tampoco la mía.
Tú estabas en otro día.
¿En otro día?, ¿es decir que ese "tú"estaba en el ayer o en el futuro? Muy nutricia la transgresión de ese amante que durmiendo se rebela frente a la luz blanca que dispara la nieve en la calle vacía de la que habla el poeta. Majestuosa forma de decir que es el depertar quien nos coloca irremediablemente en el mundo. Mientras soñemos el día no comienza aún y un especie de limbo nos protege. Y es que en el último verso de esta estrofa se está en otro momento que es otra parte y así se inaugura un cronotopo onírico. El sueño como lugar y hora. El ser de la palabra que inventa y fija:
Estabas a mi lado
y yo te veía como la nieve,
dormida entre las apariencias.
El tiempo, sin nuestra ayuda,
inventa casas, cielos, árboles,
mujeres dormidas.
Cuando abras los ojos
caminaremos, de nuevo,
entre las horas y sus invenciones
y al demorarnos en las apariencias
daremos fe del tiempo y sus conjugaciones.
Abriremos las puertas de este año,
entraremos a lo desconocido.
Poema circular, por supuesto. La clave para afirmarlo radica en la conclusión de que el mismo "tú" a quien se dirige es una apariencia inventada. Seguramente Paz estaba pensando en la famosa "maya" de la India. En esa idea de que todo es sueño, de que la realidad, en tanto que invención, contiene porosidades idílicas y/o ideológicas. Hay misterio entonces en este poema. Un velo de nieve y sueño que cae con dulzura sobre la página. Hay, asimismo, una condición para entrar a lo que la voz poética afirma desconocer: el demorarse ante las apariencias. Es decir, el deternerse a mirar, y en ese acto introspectivo que toma el mundo exterior como punto de partida, se juega la gracia del poema. Gracia que ya es de por sí en esa palabras. Desde el momento en que el poeta mira dormir la apariencia del cuerpo del amante porque es el despertar de ese ser el símbolo de las puertas a aquellos territorios que no se conocen. Hay un contemplar de arranque, un acto apriorístico que otorga la revelación de lo que pasará y ocurre porque se está vivenciando en el poema. Estamos claro, ante un tiempo mítico, de epopeya poética que en aparente quietud aguarda la engañosa línea horizontal del tiempo.

El primer cuadro

Él y yo frente a los murales del edificio de la SEP. Caminando en medio del tiempo que es roca y presente palpitante en el Centro Histórico de este país que nos define y nos aleja y nos vuelve más nosotros mismos a medida que el tiempo se encierra en la mirada que le damos. Él y yo recogiendo las migajas de mi historia y la distancia que se mide en amores no cumplidos. Mucho neoclásico en las calles y mucho aire azteca para no olvidar la fuente de nuestras palabras. No iba a llover entonces. Sentiría sus dedos acariciando estos labios que también pueden abarcar el cuerpo del silencio. Caminando me diría que hay muchas historias que ha preferido reservarse, pero que el tiempo, como el agua, también puede desgastar la forma de cualquier secreto. Y lo abrazaría entonces con mis talismanes de mexicana descontenta y los años vibrando en mí como una melodía con sonetos. Después el café y la nada en su sonrisa, el nihilismo que le va bien como un sombrero invisible de musicólogo profundo. Luego las esquinas donde algo ocurre en las novelas que he leído, en los cuentos de la Garro, en las oscuridades de Fuentes e, incluso, en las palabras de Leñero. Porque necesito enseñársela, porque sé que podría verla: la joven mujer que fui atravesando esa plaza pública con mis libros pesados y el candor y la búsqueda sin moho. Mi sed insaciable de poema, insaciable como mis movimientos que lo van rodeando mientras camina rumbo a un ex convento y ya me urge enseñarle un magnolio que desata epifanías. Quiero abrirle los portones de otros tiempos para que entienda de dónde viene mi mirada.