Me enamoré de él, entre otras cosas, porque abrió dos roperos a reventar de libros. Dos estantes sólo para Borges y una mesa donde nos podían dar las seis de la mañana hablando. En ese contexto se dio mi primera lectura a profundidad del autor de Ficciones. Aquello era exactitud diabólica: una palabra inagualable detrás de otra insustituible. Me derribó. Me dio miedo y por poco lo rechazo. No podía entender que la literatura fuera así de poderosa. Alguien que pudiera soñar a un personaje capaz de volver a escribir el Quijote. Un autor sin límites que piensa en la memoria omniabarcante de alguien a quien llama Funes. Un escritor que se encuentra consigo mismo joven y viejo. Un narrador tan talentoso que echa andar artefactos literarios precisos y veloces, máquinas de sueños, piedras filosofales y un objeto por donde todo puede ser visto en el mismo instante.
Mi segundo Borges lo descubrí en Bogotá y me llevó hasta el llanto. Esa vez fueron todos sus libros de cuentos y la obra poética completa. Estaba ya antes un Borges diferente. No era el amor de un candidato a novelista quien me lo acomodaba entre las manos, sino mi propia pasión por la literatura. Por eso las lágrimas en la parte donde el narrador describe todo lo ve. Semejante inventario me conmovió por su poeisis (muy a lo Whitman), pero también por su alquimia donde incluye al lector. Por primera vez me sentí literalmente dentro de una historia. Como si el cuerpo textual de "El aleph" me succionara, me volviera palabra. Más que mágico fue una experiencia sobrenatural. Lo mismo me pasó con la poesía. Borges escribe poemas partituras y nos da la clave para ejecutarlos.
Mi tercer Borges es el ensayista que prefiero en Siete noches o Arte poética. Confieso que no me agrada mucho cuando quiere jugar a ser filósofo. También me abruma a la hora de especificar su canón. No lo culpo. Roberto Bolaño siguió fielmente sus huellas y como el argentino, se convirtió en un propio personaje. Hablo de una literatura de la literatura con la firme creencia cabalística de que todo ya está inventado, de que sólo volvemos a desandar los laberintos de la expresión y el sentimiento. Borges era supersticioso y amante del azar. Intentó ser espejo, tigre y vio en las rayas de éste la escritura de dios. También en los pétalos de rosas. No se conformaban con al idea de ser sólo uno y de estar viviendo un solo aquí. Esa es la forma en como transgrede. Esa es su rebeldía inmensa, su modo de denunciar el poco tiempo que tenemos y la forma en que lo desperdiciamos siendo infelices, pero, sobre todo, nada imaginativos.
Creo que mi Borges es precisamente el del sentido del humor, el que se compromente con la felicidad y las calles. Me quedo con el Borges vagabundo que logra salirse con la suya y lo entierran donde más libre y pleno fue. Quiero pensar que poco se ha escrito sobre el Jorge Luis trotamundos más allá de la ceguera. Y es que era un nómada sin cura, pero eso sí, siempre bien vestido. Se desplazaba con cálculo de genio a lo largo y ancho de sus fábulas y visitaba los cinco continentes sin cansarse.
No me atrevo a rechazar al Borges conservador, al amigo de Bioy Casares con quien criticaban sin piedad a todos los poetas sentimentaloides o cursis. No puedo olvidar que el esposo de María Kodama era un ser humano y no admitía "recomendaciones", por ejemplo, no recibir un doctorado honoris causa de manos de Pinochet aún cuando los suecos le sugirieron rechazarlo. Esa congruencia es la que hechiza como la de sus poemas perfectos y sus narraciones más que extraoridinarias, como las de Poe o las de Stevenson, fabulosas y míticas.
El primer adjetivo viene de la fábula en sí que como en Las mil y una noches abre la ruta de la ficción que se bifurca en decenas de espejos reflejándose. La segunda palabra, "míticas" la escribo a causa de la epopeya de la que siempre suele partir algún cuento de Borges donde un referente simbólico u otro intertexto se impone como la columna vertebral del artefacto narrativo. Y aquí me hago la pregunta, ¿de qué material están hechos los cuentos de Borges? Más allá de simples vocablos, de frases cortas y filosas; rotundas y precisas. Más lejos del lenguaje que rebasa los múltiples sentidos, ¿de qué están hechos los artefactos borgianos?, ¿de columnas de laberintos, de mercurio brillante y respaldar oscuro con el que se construyen los espejos?, ¿de animales salvajes y arena de desiertos donde aguardan los tesoros?, ¿de cuchillos de gauchos y fuentes?, ¿de los dones y los paisajes celtas?, ¿de instrumentos con el que se tocan las milongas?, ¿de magias inútiles para amanazados porque aman? No sé.
Mi Borges es único e irremplazable y a medida que me queda menos tiempo en este mundo, más mi Borges cambia.